La memoria de una enfermedad que no ha terminado

Reseña del libro Historia de la poliomielitis en México. De un pasado que pocos recuerdan a un presente que pocos ven, de José Luis Gómez De Lara y Sergio Augusto Vistrain Díaz, Anabasis Project, 2026.

¿Qué ocurre cuando una enfermedad desaparece de las estadísticas, pero no de los cuerpos que la padecieron? ¿En qué momento una epidemia deja de pertenecer al pasado y comienza a revelarse como una presencia silenciosa, persistente, casi subterránea, en la vida social de un país? Éstas parecen ser algunas de las preguntas principales que recorren Historia de la poliomielitis en México, libro de José Luis Gómez De Lara y Sergio Augusto Vistrain Díaz. Y con esas interrogantes conviene iniciar la reflexión, porque esta obra no se limita a narrar el surgimiento, expansión, combate y erradicación oficial de la poliomielitis en México; se propone algo más complejo: reconstruir la vida histórica de una enfermedad que marcó a varias generaciones de niños, transformó la medicina mexicana, impulsó políticas públicas de vacunación y rehabilitación, y dejó una huella corporal y social que todavía no termina de borrarse.

El subtítulo del libro, De un pasado que pocos recuerdan a un presente que pocos ven, contiene ya una clave de lectura. No se trata únicamente de volver la mirada hacia una enfermedad vencida por la medicina moderna, sino de advertir que la historia de la poliomielitis no concluye en 1990, cuando se registró el último caso confirmado en México, ni tampoco en 1995, cuando la Organización Panamericana de la Salud certificó la erradicación de la enfermedad en el país. La obra insiste en que los sobrevivientes no desaparecieron con la última campaña de vacunación ni con la última dosis aplicada. Muchos de ellos continuaron viviendo con secuelas, con aparatos ortopédicos, con fatiga, con dolores, con nuevos deterioros funcionales y con esa experiencia tan propia de las enfermedades largas: la de habitar un cuerpo donde el pasado sigue hablando.  

El libro está construido como una historia de largo aliento. Comienza por explicar qué es la poliomielitis, cuáles son sus síntomas, cuál es el agente que la provoca, cómo se transmite y de qué manera afecta al sistema nervioso. Esta primera parte resulta necesaria, porque permite que el lector no especializado comprenda el drama biológico de la enfermedad: un virus que entra por la boca, se multiplica, se desplaza por el organismo y puede llegar al sistema nervioso central, destruyendo neuronas motoras y dejando como consecuencia parálisis, atrofia muscular, deformidades o incluso la muerte por afectación respiratoria. La explicación médica no se impone como una barrera técnica; al contrario, funciona como una puerta de entrada hacia la comprensión histórica. Antes de estudiar los hospitales, las campañas sanitarias, los médicos, los niños enfermos, las familias angustiadas o las políticas públicas, era indispensable entender al enemigo invisible que se estaba combatiendo.  

A partir de ahí, la obra avanza hacia las primeras investigaciones sobre la enfermedad, sus descripciones clínicas, su identificación científica y su lenta incorporación al saber médico moderno. La poliomielitis aparece entonces no sólo como padecimiento, sino como problema de conocimiento. Durante mucho tiempo fue una enfermedad confusa, difícil de diagnosticar, confundida con otras afecciones neurológicas, rodeada de explicaciones parciales, temores colectivos y creencias populares. En esta dimensión, el libro muestra algo fundamental para la historia de la medicina: una enfermedad no existe plenamente como fenómeno social hasta que puede ser nombrada, reconocida, clasificada y explicada. Antes de eso, puede matar, deformar, paralizar y sembrar miedo, pero todavía carece de la forma pública que la convierte en objeto de intervención médica, gubernamental y social.

Leer esta obra equivale a recorrer varios escenarios de la vida mexicana del siglo XX. En un momento estamos en el interior de un hospital infantil, donde los médicos observan cuerpos pequeños afectados por parálisis flácida; en otro, caminamos por calles donde las autoridades sanitarias combaten moscas, aguas sucias, alimentos contaminados y condiciones urbanas precarias; más adelante, vemos a enfermeras aplicando gotas de vacuna Sabin en campañas masivas; luego entramos a talleres donde se fabrican aparatos ortopédicos; y, finalmente, llegamos al presente, donde los sobrevivientes de la polio enfrentan efectos tardíos que obligan a reconsiderar el final mismo de la historia. La obra tiene, en este sentido, una virtud narrativa importante: permite mirar la poliomielitis desde el laboratorio, desde el consultorio, desde la familia, desde la escuela, desde la calle, desde la prensa, desde la campaña de vacunación y desde el cuerpo del sobreviviente.

Uno de los aciertos mayores del libro reside en no reducir la poliomielitis a una historia médica. José Luis Gómez De Lara y Sergio Augusto Vistrain Díaz la estudian como un hecho social total. La enfermedad aparece ligada a las condiciones de higiene, al crecimiento urbano, a los movimientos migratorios, a la desigualdad, a las instituciones hospitalarias, a la modernización de la salud pública, a la consolidación de la ortopedia, al desarrollo de la rehabilitación, a la filantropía médica y a la relación entre ciencia, Estado y sociedad. No se trata, por tanto, de una narración lineal donde primero hay enfermedad, luego vacuna y finalmente triunfo. La realidad que reconstruyen los autores es más compleja: hay miedo, incertidumbre, falsas explicaciones, esfuerzos dispersos, conocimiento acumulado, experimentación terapéutica, campañas públicas, rechazos, esperanza y, sobre todo, una lenta transformación de la mirada social hacia la discapacidad.

La obra permite comprender que la poliomielitis fue también una educadora severa de la medicina mexicana. Al afectar principalmente a niños, obligó a médicos, hospitales e instituciones a desarrollar nuevas capacidades. La cirugía, la rehabilitación y los aparatos ortopédicos formaron una tríada de atención para enfrentar las secuelas de la enfermedad. Médicos mexicanos como Alfonso Tohen Zamudio, Juan Farill, Alejandro Velasco Zimbrón, Fernando López Clares y otros aparecen como figuras de una generación que no sólo atendió pacientes, sino que contribuyó a formar una cultura médica de rehabilitación. En este punto, el libro toca uno de sus temas más importantes: la enfermedad como motor de instituciones. La polio no sólo produjo víctimas; produjo saberes, técnicas, hospitales, campañas, especialistas y formas nuevas de organización sanitaria.

La llegada de las vacunas ocupa, por supuesto, un lugar central. La vacuna Salk, de aplicación inyectable, y después la vacuna Sabin, oral y más adecuada para campañas masivas, transformaron la historia de la enfermedad. La obra muestra la importancia de esa transición: en 1962 México adoptó la vacuna oral Sabin y llegó a producir millones de dosis, con lo cual se abrió la posibilidad de una política sanitaria de gran escala. La imagen de las “gotitas” aplicada a los niños, tan presente en la memoria de varias generaciones, se convierte aquí en símbolo de una época en la que la salud pública dependía no sólo del descubrimiento científico, sino de la logística, la confianza social, la presencia territorial del Estado y la capacidad de llevar una tecnología médica hasta la boca de cada niño.  

Pero quizá la aportación más significativa del libro se encuentre en su insistencia en mirar más allá de la erradicación. Otras historias de la poliomielitis concluyen con el triunfo de la vacuna. Ésta no. Gómez De Lara y Vistrain Díaz muestran que el final epidemiológico no equivale al final histórico. Los efectos tardíos de la enfermedad, en particular el Síndrome Post-Polio, obligan a prolongar la mirada hasta el siglo XXI. El reconocimiento de dicho síndrome en la Clasificación Internacional de Enfermedades, bajo el código G14, en 2010, legitimó una problemática durante mucho tiempo desatendida. Fatiga extrema, nueva debilidad muscular, dolor articular y deterioro funcional no son simples notas al margen de una enfermedad antigua, sino parte de su historia prolongada.  

Esta perspectiva le otorga al libro una actualidad evidente. Después de la pandemia de COVID-19, las sociedades contemporáneas han vuelto a preguntarse por el miedo, la desinformación, la vacunación, la resistencia social, las secuelas largas y la relación entre memoria histórica y prevención sanitaria. En ese contexto, la poliomielitis deja de ser una enfermedad “de antes” para convertirse en una advertencia. El libro no establece analogías fáciles, pero sí permite pensar históricamente los problemas sanitarios del presente. Nos recuerda que las enfermedades no son únicamente episodios biológicos; son fenómenos sociales que revelan desigualdades, capacidades institucionales, imaginarios colectivos, prácticas familiares, formas de confianza y también formas de olvido.

La solidez de la obra descansa, además, en un trabajo documental amplio. Los autores dialogan con bibliografía médica e historiográfica, estudios previos sobre poliomielitis, publicaciones especializadas, tesis, prensa, archivos y testimonios. La obra se inscribe en una tradición de historia de la medicina que no se conforma con celebrar avances científicos, sino que pregunta por las condiciones sociales de la enfermedad y por las vidas concretas que quedaron atravesadas por ella. En esa línea, el libro conversa con estudios sobre salud pública, historia social de la medicina, discapacidad, rehabilitación y memoria. Su valor no reside solamente en reunir información, sino en ordenar un problema disperso y devolverle densidad histórica.  

Conviene destacar también el lugar de Sergio Augusto Vistrain Díaz dentro de la obra. Su presencia no es únicamente la de un coautor que aporta información médica o testimonial. Su voz introduce una dimensión ética y corporal. Al hablar desde la experiencia de quien vive con las huellas de la poliomielitis, el libro adquiere una profundidad poco común: la historia deja de ser solamente reconstrucción de un pasado y se convierte también en acto de justicia hacia quienes han sido invisibilizados. No se trata de sentimentalismo. Se trata de una ampliación legítima del campo histórico: los cuerpos afectados también son archivos; las secuelas también son documentos; la memoria de los sobrevivientes también forma parte de la historia nacional.

En este sentido, Historia de la poliomielitis en México es una obra necesaria. Lo es para los historiadores de la medicina, porque ofrece una reconstrucción amplia de una enfermedad decisiva en el siglo XX mexicano. Lo es para los médicos y profesionales de la salud, porque les recuerda que toda enfermedad tiene una historia social y que toda política sanitaria tiene consecuencias de largo plazo. Lo es para quienes estudian la discapacidad, porque muestra cómo la visibilidad de miles de niños con secuelas modificó lentamente las percepciones sociales sobre el cuerpo, la movilidad, la rehabilitación y la inclusión. Y lo es también para el lector culto no especializado, porque le permite comprender que la salud pública no es una abstracción administrativa, sino una de las formas más concretas en que una sociedad protege —o abandona— la vida de sus miembros.

No quiero dejar la impresión de que el libro sea solamente una historia de sufrimiento. También es una historia de inteligencia institucional, de avances científicos, de perseverancia médica, de familias que lucharon, de niños que aprendieron a vivir de otra manera, de campañas que lograron cambiar el destino de un país. Pero precisamente por eso su lectura resulta importante: porque evita tanto el dramatismo fácil como el optimismo ingenuo. La poliomielitis fue vencida como amenaza epidémica en México, sí; pero sus sobrevivientes siguen recordando que no toda victoria sanitaria se consuma en el mismo momento para todos.

Voy a terminar esta reseña con una idea que el propio libro sugiere de principio a fin: la historia de una enfermedad no termina cuando deja de circular el virus, sino cuando una sociedad es capaz de recordar, comprender y atender a quienes quedaron marcados por ella. En ese sentido, la obra de José Luis Gómez De Lara y Sergio Augusto Vistrain Díaz no sólo rescata del olvido un capítulo decisivo de la salud pública mexicana; también nos recuerda que la memoria, cuando está bien escrita y bien documentada, puede ser una forma de reparación.


Aristarco Regalado es director general de la Editorial Anabasis Project; es director de la Revista Letras Históricas del Departamento de Historia; es director de la División de Estudios Históricos y Humanos; es historiador y profesor-investigador Titular en la Universidad de Guadalajara; es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3, en México.


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