Serie: La invención de la Nueva España
Esta semana, Anabasis Project propone una serie de cinco artículos para recorrer algunos de los procesos que hicieron posible la Nueva España. Más que un territorio dado, fue un mundo en construcción: imaginado por expedicionarios, tejido por rutas oceánicas, afirmado mediante fundaciones urbanas, sometido a mecanismos de gobierno y vivido por hombres y mujeres concretos. A través de cinco libros de nuestro catálogo, esta serie invita a mirar esa formación histórica desde escalas distintas pero complementarias.
Hay historias que obligan a corregir la escala de nuestra mirada. Durante mucho tiempo, la historia de la Nueva España fue contada sobre todo desde sus espacios continentales inmediatos: el altiplano central, las rutas hacia el norte minero, las ciudades virreinales, las encomiendas, los cabildos, las audiencias. Todo ello es indispensable, por supuesto, pero no agota el horizonte del mundo novohispano. Hubo también otra Nueva España: la que olía a sal, a madera húmeda, a palma y a brea; la que miraba hacia el occidente del océano; la que se enlazó con Asia por el Pacífico y recibió, no solo mercancías, sino personas, técnicas, hábitos y formas de vida. Comprender esa dimensión transpacífica no es añadir un capítulo exótico a la historia conocida, sino restituir una parte esencial de la formación histórica de ese mundo.
En efecto, la Nueva España no fue únicamente una construcción americana con centro en México; fue también una plataforma oceánica. Entre los siglos XVI y XIX, el galeón de Manila unió de manera continua los puertos asiáticos con Acapulco y, a través de ellos, articuló una vasta zona de intercambios culturales, económicos y humanos. Cuando hoy evocamos ese circuito, solemos pensar de inmediato en porcelanas, sedas, especias, lacas o marfiles. Sin embargo, una parte decisiva de esa historia se encuentra en una escala más discreta y más humana, en la circulación de saberes técnicos, en la transplantación de especies vegetales, en las trayectorias de inmigrantes asiáticos, en la transformación de paisajes locales y en los cambios de la vida cotidiana en regiones concretas del occidente novohispano, como es el caso concreto de Colima. Ahí, justamente, el vino de cocos ocupa un lugar excepcional.
Porque el vino de cocos no fue solamente una bebida, fue una puerta de entrada a una historia mayor, la de la llegada de conocimientos filipinos a la costa del Pacífico novohispano, la de la aclimatación de la palma de coco y la reorganización de enteros espacios agrarios, la del papel activo de migrantes asiáticos y sus descendientes en la economía regional, la de una sociedad colonial en la que lo local y lo global se entrelazaban con mucha mayor intensidad de la que a veces imaginamos. Mirado desde esa perspectiva, el vino de cocos deja de ser una curiosidad documental para convertirse en uno de esos hilos finos que, al ser seguidos con paciencia, revelan la trama profunda de una época.
La “invención” de la Nueva España, de la que esta serie quiere dar cuenta, no consistió solo en la conquista, la fundación de ciudades y la instalación de instituciones. También implicó conexiones de larga distancia, trasvases de conocimientos, adaptaciones bioculturales y mezclas inesperadas. La Nueva España fue inventada en los campos de batalla y en los cabildos, sí, pero también en los puertos, en las haciendas de palma, en los talleres de destilación y en la experiencia cotidiana de hombres y mujeres que habían cruzado el mar desde el otro lado del Pacífico. Ese es el mundo que este artículo quiere poner en primer plano.
I. Un océano que unía más de lo que separaba
Uno de los efectos más engañosos de los mapas modernos es hacernos sentir que el Pacífico fue una inmensidad vacía entre dos orillas lejanas. En realidad, para la Monarquía Hispánica y para muchos de los actores que participaron en sus redes de circulación, ese océano fue un espacio de conexión. No una superficie homogénea ni fácil, desde luego, sino una vía de contacto de enorme importancia. Allí se trazó, con el tiempo, una de las rutas más significativas de la primera globalización: la del galeón de Manila, que vinculó de forma sostenida a Filipinas con la Nueva España.
La importancia de esa ruta suele resumirse en términos comerciales, y con mucha razón. A través del galeón viajaban mercancías codiciadas, metales, objetos suntuarios y bienes que conectaban los mercados asiáticos con el mundo americano y europeo. Pero una historia centrada exclusivamente en los productos corre el riesgo de ocultar una verdad más honda: los océanos no transportan solo cosas, también transportan saberes. Y a veces los saberes transforman más profundamente una sociedad que la mercancía más lujosa.
El caso filipino resulta especialmente revelador. Las relaciones entre Filipinas y México no fueron una simple superposición de intereses imperiales; produjeron vínculos culturales y humanos duraderos. En el movimiento constante entre ambos espacios circularon también prácticas, lenguas, técnicas agrícolas, formas alimentarias y experiencias sociales. Eso significa que la Nueva España debe entenderse, al menos en parte, como una sociedad capaz de absorber y reelaborar influencias asiáticas. No solo recibía objetos del otro lado del mundo, también integraba personas y conocimientos que podían arraigarse en regiones precisas y dejar huellas de larga duración.
Desde esta perspectiva, el Pacífico deja de ser una periferia para convertirse en un eje. A menudo se ha pensado la historia colonial desde el Atlántico, y es comprensible, porque desde él se organizaron los grandes flujos entre Europa, África y América. Pero el Pacífico también formó una zona de intensa historicidad. Su circuito unió mundos separados por miles de kilómetros y generó una experiencia temprana de interdependencia planetaria. La Nueva España se volvió así una bisagra, una especie de articulación entre dos universos. Desde Acapulco y otros puntos del litoral occidental, desde donde muchas veces florecía el contrabando, el virreinato se abría hacia Asia y se dejaba afectar por ella.
Esa observación tiene consecuencias importantes para la comprensión del pasado novohispano. Nos obliga a abandonar la idea de una sociedad colonial encerrada sobre sí misma o determinada únicamente por impulsos venidos de Castilla. La Nueva España fue también un espacio de recepción, adaptación y mediación. Recibió de Asia no solo el brillo de las mercancías, sino la experiencia viva de personas que se establecieron en su territorio y contribuyeron a modificar su economía y su cultura. Esto es decisivo, porque reintroduce a actores muchas veces discretos o relegados por la gran historia política: marineros, artesanos, trabajadores, especialistas técnicos, productores rurales, migrantes anónimos.
Por eso, cuando hablamos de “dimensión transpacífica”, no conviene imaginar una abstracción geopolítica, sino una textura concreta de relaciones. Una embarcación que toca puerto. Un grupo de asiáticos que permanece en tierras novohispanas. Un conocimiento agrícola o artesanal que se adapta a un clima semejante. Una bebida que comienza a producirse en un territorio nuevo. Una palabra, una costumbre, una técnica que arraiga. La historia del Pacífico se vuelve así una historia del contacto a ras de suelo, de la infiltración lenta de lo global en lo local.
Y es justamente allí donde el vino de cocos revela toda su importancia. Porque su historia no es solo la de una bebida alcohólica en una región costera, sino la de un trasvase de conocimientos y de agentes humanos que vuelven visible el espesor transpacífico de la Nueva España. Si el primer artículo de esta serie mostraba cómo la imaginación de Asia impulsó parte de la expansión hispánica, este segundo artículo permite ver algo aún más concreto y quizá más sorprendente: que Asia no permaneció únicamente en el horizonte del deseo. Asia llegó efectivamente a la Nueva España, y lo hizo también en forma de palmas, técnicas y personas.
II. Chinos, palmas y destilación: la llegada de un saber filipino
Hay temas históricos cuya fuerza procede de su capacidad para reunir varias escalas a la vez. El vino de cocos es uno de ellos. A primera vista, parece un asunto regional: la producción de una bebida en el ámbito de Colima y otras zonas del Pacífico novohispano. Pero apenas se profundiza un poco, esa escala local se abre hacia procesos mucho mayores. Detrás de la bebida aparecen inmigrantes asiáticos, la introducción de la palma de coco, la transferencia de técnicas de destilación, de herramientas, los cambios del paisaje y la reconfiguración de economías locales.
Lo primero que conviene destacar es que no estamos ante una historia puramente criolla o improvisada en América. La producción del vino de cocos se halla vinculada a conocimientos traídos por asiáticos, en su gran mayoría filipinos, familiarizados con el cultivo y el aprovechamiento de la palma. Esto es esencial. Durante mucho tiempo, las poblaciones asiáticas en Nueva España fueron vistas de manera marginal o disueltas en categorías generales. Sin embargo, su papel pudo ser decisivo en ciertos espacios. El vino de cocos muestra precisamente cómo un grupo de inmigrantes fue capaz de intervenir activamente en la transformación de una región.
La propia palma de coco ofrece ya una clave de lectura. Su presencia modificó los paisajes de la franja costera del Pacífico. Allí donde encontró condiciones propicias, cambió la apariencia del territorio, influyó en usos agrarios y generó nuevas posibilidades económicas. No se trató solo de plantar un árbol más sino de introducir una especie con un vasto repertorio de aprovechamientos. La palma no solo daba materia prima para bebida, también ofrecía materiales, frutos, fibras, líquidos, techumbres, y contribuía a crear un nuevo entorno biocultural. El paisaje novohispano, por tanto, no fue algo estático, fue también una construcción producto de la circulación global de especies y de saberes.
En ese proceso, la experiencia filipina resultó clave. Los migrantes asiáticos que llegaron por el galeón conocían desde hacía siglos las técnicas de explotación de la palma y la elaboración de bebidas derivadas de ella. Ese conocimiento no era accesorio sino una forma de pericia, un capital técnico. Ahí radica una de las enseñanzas más impresionantes de esta historia. La primera globalización no se sostuvo únicamente sobre grandes mercaderes, funcionarios y metales preciosos, también descansó sobre artesanos y agricultores modestos, sobre personas que sabían hacer algo preciso y útil, y que por eso podían modificar enteros espacios sociales.
La palabra “chinos”, o «indios chinos», utilizada en la época para designar a muchos asiáticos, suele aparecer en los documentos coloniales con cierta opacidad. Pero detrás de esa denominación general había trayectorias concretas, biografías complejas, procedencias diversas. En el caso del vino de cocos, esos sujetos no fueron figuras pasivas absorbidas por el orden colonial, sino agentes de cambio. Introdujeron técnicas, participaron en la producción, negociaron espacios de inserción y dejaron una huella institucional, económica y cultural. Su presencia obliga a repensar la Nueva España como una sociedad más conectada y más porosa de lo que a veces imaginamos.
Además, el vino de cocos permite acercarse a una cuestión particularmente sugestiva: la relación entre tradición técnica y mestizaje social. Una técnica importada nunca se traslada intacta. Cambia al llegar, se adapta al medio, dialoga con otras prácticas, se transforma en el contacto con nuevas necesidades y nuevas regulaciones. Eso significa que el vino de cocos fue al mismo tiempo continuidad y novedad: continuidad de una experiencia asiática y novedad americana. En esa ambivalencia reside su interés historiográfico. Nos muestra que la transculturación no es una palabra abstracta, sino un conjunto de operaciones concretas por las cuales personas, herramientas, plantas y hábitos se recomponen en otro contexto.
Por eso este tema desborda el simple gusto por la curiosidad histórica. No se trata solo de saber que en la Nueva España se bebía una destilación derivada del coco. Se trata de advertir que la bebida revela cómo funcionaban los contactos intercontinentales en el nivel más material de la vida. Una bebida que circula. Una palma que se extiende. Un productor que sabe trabajarla. Una autoridad que regula o persigue. Un paisaje que cambia. Una comunidad local que incorpora algo venido del otro lado del mar. En esa secuencia, lo global deja de ser una palabra solemne y se vuelve una experiencia palpable.
III. La Nueva España vista desde el Pacífico
Mirar la Nueva España desde el Pacífico cambia el relato. Y lo cambia porque desplaza el centro de gravedad de la historia. De pronto, ciertos espacios considerados secundarios adquieren un relieve nuevo. Colima, los puertos del occidente, las zonas de palmares, las rutas entre costa e interior, los actores rurales y portuarios, todos ellos se vuelven piezas fundamentales para entender cómo se fabricó ese mundo colonial. Lo que antes podía parecer un margen emerge como laboratorio de procesos mayores.

Esta inversión de la mirada es especialmente fecunda para pensar la llamada primera globalización. A menudo, este concepto se presenta en términos grandiosos: planetarización de los intercambios, formación de mercados, circulación de plata, interdependencia de continentes. Todo ello es cierto, pero no basta. Una globalización que no logra descender a la vida concreta se parece a un esquema vacío. Lo más valioso del caso del vino de cocos es que permite ver esa globalización en su escala humana: personas que cruzan el mar, conocimientos que se traducen en trabajo, paisajes que se alteran, productos que reconfiguran la economía y la vida cotidiana.
Y aún hay más. Esta historia no solo amplía la geografía de la Nueva España, porque también complejiza su identidad. La sociedad novohispana no fue simplemente una prolongación de Castilla implantada sobre suelo americano. Fue un mundo compuesto, estratificado, conflictivo y abierto a circulaciones diversas. Incorporó elementos indígenas, europeos, africanos y asiáticos en proporciones variables y bajo relaciones de poder desiguales. El Pacífico recuerda precisamente que la colonialidad hispánica fue también un espacio de mestizajes y cruces de escala planetaria.
En ese sentido, la historia del vino de cocos posee una notable virtud interpretativa. Nos ayuda a escapar de dos reducciones frecuentes. La primera es la del localismo, que trataría el tema como un episodio pintoresco de provincia. La segunda es la del globalismo, que lo disolvería en grandes corrientes sin rostro. En realidad, su fuerza está en articular ambos planos. Es una historia local que solo se entiende plenamente en clave global, y una historia global que solo cobra densidad verdadera cuando se observa desde un espacio local. Esa combinación es, quizás, una de las formas más inteligentes de escribir historia hoy, tal como lo ha hecho Paulina Machuca con este tema en particular.
Por ello, el vino de cocos ocupa un lugar simbólico muy fuerte dentro de la serie que estamos recorriendo. Si el artículo anterior trataba del imaginario que empujó la expansión hispánica, este muestra uno de los resultados más finos y menos evidentes de esa apertura oceánica: la capacidad de la Nueva España para transformarse a través de contactos transpacíficos. La invención de la Nueva España no consistió únicamente en proyectar un orden desde Europa sobre América. Consistió también en dejar entrar al proceso histórico influencias inesperadas, mediaciones remotas y actores aparentemente menores que, sin embargo, ayudaron a dar forma al conjunto.
Así, entre el galeón y el alambique se dibuja una historia distinta de la que solemos contar. No una historia hecha solo de decretos, virreyes y campañas militares, sino una historia de circulaciones vivas, de técnica encarnada, de adaptación y de memoria. Y quizás ahí reside una de las lecciones más bellas del tema: que el océano, lejos de separar mundos inconmensurables, fue capaz de juntarlos y volverlos mutuamente inteligibles. En una bebida del occidente novohispano, sobrevivía una memoria filipina. En una hacienda de palmas, latía una historia asiática. En un documento judicial o administrativo de Colima, se dejaba ver el dibujo de una conexión planetaria.
Quien quiera profundizar en esta extraordinaria historia encontrará una obra de referencia en Vino de Cocos, the Pilgrim Beverage. Filipino Knowledge, Colonial Encounters and the Forgotten Origins of Mezcal, de Paulina Machuca, publicada por Anabasis Project. Es un libro particularmente valioso porque, con gran solidez historiográfica, muestra cómo una investigación situada entre la microhistoria y la escala global puede iluminar de manera novedosa las relaciones entre Filipinas y México, el papel de los migrantes asiáticos y la formación cultural del Pacífico novohispano. El volumen puede encontrarse en los canales habituales de la editorial y en sus espacios de distribución.
Aristarco Regalado
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