El anonimato de los vencidos: los muertos de Puente de Calderón

Reseña de «Un campo en llamas: los muertos de la batalla de Puente de Calderón», de David Carbajal López; en Letras Históricas 32, Universidad de Guadalajara.

¿Qué queda de una batalla cuando se apaga el estruendo de los cañones, se dispersan los ejércitos, los vencedores redactan sus partes militares y los vencidos apenas dejan, sobre el suelo quemado, cuerpos sin nombre? Esta pregunta, que podría parecer moral antes que historiográfica, atraviesa el artículo de David Carbajal López, «Un campo en llamas: los muertos de la batalla de Puente de Calderón», publicado en el número 32 de Letras Históricas. Su objetivo es claro y preciso: volver sobre la batalla librada el 17 de enero de 1811 entre las fuerzas insurgentes encabezadas por Miguel Hidalgo y el Ejército del Centro comandado por Félix María Calleja, para interrogar no solamente el desenlace militar, sino el destino concreto de quienes murieron en aquel campo de guerra. Pero su verdadero problema lo encontramos en la siguiente pregunta: ¿cómo escribir la historia de una multitud vencida cuando las fuentes han conservado con mayor nitidez el nombre de los jefes, la gloria de los vencedores y la memoria ritual de algunos muertos ilustres, mientras han condenado al anonimato a la mayor parte de los combatientes populares?

El artículo de Carbajal se inscribe en una larga tradición de estudios sobre la guerra de Independencia y, de manera particular, sobre uno de sus episodios más narrados: la batalla de Puente de Calderón. Pocas escenas han sido tan reiteradas en la historiografía nacional y regional. En ella confluyen la épica insurgente, la derrota militar, el inicio de la dispersión del primer movimiento encabezado por Hidalgo y la recuperación realista de espacios estratégicos. Sin embargo, el autor no se conforma con repetir la escena conocida. Su gesto historiográfico consiste en desplazar el foco: no pregunta únicamente quién ganó, quién perdió o qué consecuencias políticas tuvo la batalla, sino cuántos murieron, quiénes fueron, dónde cayeron, cómo fueron registrados —o borrados— y qué tipo de memoria se construyó a partir de esa desigualdad documental.

La estructura del artículo responde a esta operación de desplazamiento. Primero, Carbajal sitúa el escenario del enfrentamiento: el puente, el río, la topografía, la tradición historiográfica sobre la construcción de la estructura de piedra y la disputa sobre el lugar exacto de la batalla. Esta primera parte no es un mero preámbulo geográfico. Es más bien como una especie de excavación arqueológica del lugar. El lector entra al campo de Calderón no por la vía de la narración heroica, sino por la crítica de las versiones acumuladas: la atribución del puente a Francisco Romero Calderón en el siglo XVII, la hipótesis de una reconstrucción en la década de 1800, la intervención del Consulado de Comerciantes de Guadalajara, las dudas modernas sobre el sitio preciso del combate y la transformación posterior del lugar en espacio monumental. Leer esta sección equivale a observar cómo un paisaje histórico se ha ido cubriendo de capas: obra pública, camino comercial, campo de batalla, monumento, parque conmemorativo y objeto de disputa historiográfica.

Después, el artículo avanza hacia la composición de los ejércitos en contienda. Aquí David Carbajal reúne una amplia serie de testimonios, desde informes realistas y gacetas de 1811 hasta historiadores del siglo XIX y estudios recientes. La tabla comparativa sobre las cifras de combatientes resulta reveladora: el ejército insurgente aparece descrito con cantidades que van de los 15 000 o 18 000 hombres hasta los 100 000 o más, mientras que el ejército realista oscila entre 4 500, 6 000, 8 000 u 11 000 soldados. El autor muestra que las cifras no son neutrales. En los partes realistas, y particularmente en Calleja, la enorme magnitud del ejército insurgente servía para engrandecer la victoria. La estadística, en este caso, no es sólo cálculo; es también retórica del poder. Al reconstruir esta diversidad de estimaciones, Carbajal exhibe la fragilidad de ciertos lugares comunes y recuerda que toda cifra histórica debe ser leída a la luz de los intereses, temores y estrategias discursivas de quien la produce.

El tercer movimiento del artículo se concentra en los muertos realistas. Aquí la investigación adquiere una densidad documental que merece ser destacada. Carbajal parte del Detall de Calleja, donde el general reconocía oficialmente una cifra limitada de bajas. Sin embargo, al revisar con cuidado el propio informe, el autor identifica una discrepancia: los muertos realistas no se reducen a los 41 aceptados en el balance oficial, pues el listado permite contar 62 combatientes caídos. A ellos añade tres realistas registrados en el libro de defunciones de la parroquia de La Purísima Concepción de Zapotlanejo y cuatro soldados que murieron posteriormente en el hospital de San Miguel de Belén, en Guadalajara, a consecuencia de las heridas recibidas. La cifra documentada llega así a 69 muertos realistas. La importancia de esta operación no reside sólo en ajustar un número, sino en mostrar la distancia entre la contabilidad militar de la victoria y la contabilidad histórica de la muerte.

En este apartado destaca, por supuesto, la figura de Manuel Flon, conde de la Cadena, segundo al mando del Ejército del Centro. Su muerte ocupa un lugar privilegiado en la memoria realista, en las honras fúnebres, en las versiones narrativas y en las tradiciones locales. Carbajal examina con paciencia las distintas versiones: el Flon temerario que se separa del ejército, el noble militar alcanzado por la furia de los insurgentes, el cadáver desfigurado, el enemigo odiado por su crueldad, el personaje transformado por la tradición popular en víctima de una flecha lanzada por Juan Terríquez. Esta parte del artículo es una de las más sugerentes porque enfrenta dos regímenes de memoria: el documento y la tradición oral; la crítica archivística y la historia popular; la necesidad de respetar los relatos locales y la obligación de no convertirlos en prueba documental cuando no lo son. Carbajal no desprecia la memoria popular, pero la somete a la disciplina y al método del oficio de historiar. Su conclusión es que la versión del flechazo y del acta de defunción atribuida a Flon no resiste la revisión documental disponible, especialmente al constatarse la mutilación del libro parroquial y la existencia de microfilmes anteriores a dicha alteración.

Representación del momento previo a la batalla. Generada por DALL-E.

El cuarto movimiento se dirige a los muertos insurgentes, y aquí el artículo alcanza su dimensión más humana. Frente a los nombres relativamente identificables del bando realista, los caídos rebeldes aparecen en su mayoría como sombras. La tabla de insurgentes muertos apenas permite recuperar 31 casos, muchos de ellos anónimos: el portador de una bandera, el defensor de una imagen guadalupana, varios hombres muertos por dragones realistas, un artillero sin nombre, un “indio” sin nombre, un capitán Sánchez, Miguel Gómez Portugal, el presbítero Joaquín Carrasco y José Nieves, mulato de Valladolid, muerto “de quemado en la guerra” y sepultado de limosna en Tonalá. La frase del registro parroquial sobre José Nieves sintetiza a mi juicio, con cierta crudeza, todo el drama del artículo: un hombre reducido a unos cuantos datos —origen, estado, calidad, sacramentos, causa de muerte— y, sin embargo, rescatado por la mirada del historiador de la completa desaparición.

La escena del campo en llamas organiza la interpretación de David Carbajal López. El incendio del zacate seco, la explosión de municiones, el humo empujado por el viento contra las fuerzas insurgentes y los cadáveres calcinados hacen de Puente de Calderón algo más que una derrota militar y lo convierten en una catástrofe corporal. La batalla deja de ser una línea en la cronología de la «Independencia» para convertirse en un paisaje de cuerpos quemados, artilleros abrasados, heridos dispersos en barrancas y restos humanos luego apilados, incinerados o cubiertos con tierra, piedra y ramas. La investigación recupera testimonios posteriores que hablan de montones de huesos, pequeñas cruces, túmulos improvisados y vestigios fúnebres todavía visibles décadas después. En esas páginas, el lector entiende la batalla al tiempo que se sumerge en ella. Observa el tránsito entre el campo militar y el osario, entre el combate y el culto precario de los muertos.

El método empleado por David Carbajal combina revisión historiográfica, crítica documental, análisis de registros parroquiales, lectura de partes militares, consulta de archivos e incorporación de testimonios impresos de distinta naturaleza. El artículo dialoga con Lucas Alamán, Carlos María de Bustamante, José María Luis Mora, Luis Pérez Verdía, Mariano Otero, Agustín Rivera, Jaime Olveda, María del Carmen Vázquez Mantecón, Marta Terán, Christian Archer, Juan José Benavides y otros autores. Al mismo tiempo, se apoya en documentos como el Detall de Calleja, libros de entierros parroquiales, registros del hospital de San Miguel de Belén, correspondencia eclesiástica y materiales conservados en archivos de Guadalajara, Zapotlanejo, Tonalá y el Estado de Jalisco. Esta combinación le permite moverse entre escalas: de la gran batalla a la foja parroquial; de la historiografía nacional al registro de un cadáver; de la memoria monumental al dato mínimo de un soldado anónimo.

La principal aportación del artículo consiste en devolver complejidad a un episodio excesivamente conocido. El autor expone que Puente de Calderón no puede entenderse solamente como derrota insurgente o victoria realista, sino también como un problema de memoria desigual. Los realistas tuvieron nombres, partes, jerarquías, honras fúnebres, registros hospitalarios y reconocimiento institucional. Los insurgentes, en cambio, aparecen mayoritariamente como masa, humo, cadáver calcinado, derrota, dispersión. La historia, cuando trabaja con rigor, no siempre puede devolver nombres a todos los muertos, pero sí puede señalar la violencia de esa pérdida. En ese sentido, el artículo se sitúa dentro de una sensibilidad historiográfica contemporánea atenta a los sujetos subalternos, a las víctimas de la guerra, a la materialidad de los cuerpos y a las formas sociales de la memoria.

Como todo trabajo histórico sólido, el texto también abre preguntas. La estimación final de las bajas insurgentes —alrededor de dos millares— es prudente, pero inevitablemente aproximativa. El propio autor reconoce la dificultad de alcanzar una cifra precisa. También queda abierta la posibilidad de que nuevas búsquedas documentales modifiquen el número de muertos realistas o permitan identificar más combatientes insurgentes. El artículo no elimina del todo, tampoco, ciertas ambigüedades cuando se plantea hipotéticamente la proporción entre fallecidos realistas e insurgentes. Pero estos límites no debilitan la contribución general del artículo. Al contrario, muestran que su mérito no está en cerrar definitivamente el expediente, sino en reabrirlo con mejores preguntas y con mayor exigencia documental.

«Un campo en llamas» interesará a los especialistas en la guerra de Independencia, a los historiadores de Jalisco y de la Nueva Galicia tardía, a quienes estudian cultura militar, memoria de guerra, historia social de la muerte y construcción historiográfica de los episodios nacionales. Pero también puede atraer a un lector culto más amplio, porque detrás de su aparato crítico late una cuestión universal: la relación entre historia, violencia y anonimato. ¿A quién recuerda una nación cuando celebra sus batallas? ¿A quién olvida cuando convierte un campo de cadáveres en monumento? ¿Qué puede hacer el historiador frente a los muertos sin nombre?

La respuesta de David Carbajal López es sobria pero poderosa: contar de nuevo, revisar los documentos, desconfiar de las versiones cómodas, distinguir memoria y prueba, y acercarse tanto como sea posible a quienes fueron borrados por la derrota. Su artículo nos recuerda que la historia no sólo se escribe con los nombres que sobrevivieron en los archivos, sino también con la conciencia crítica de todos aquellos que el archivo apenas dejó entrever. En Puente de Calderón, la batalla terminó en 1811; el deber de mirar sus muertos con justicia sigue abierto.

Aristarco Regalado


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