La Odisea: el regreso, la culpa y la ley de Zeus
Más que trasladar un clásico a la pantalla, Christopher Nolan se incorpora a la milenaria tradición de quienes han contado, transformado y mantenido viva la historia de Odiseo.
Advertencia: esta reseña revela episodios esenciales de la trama y el desenlace de la película.
Ayer volví al cine para disfrutar, por segunda vez, La Odisea, de Christopher Nolan. Y salí nuevamente convencido de haber contemplado una obra maestra: una película que incorpora al cineasta británico a la larga tradición de poetas, aedos, rapsodas, eruditos, escritores, traductores y artistas que, durante siglos, han cantado, transmitido, estudiado y reinterpretado la obra monumental atribuida a Homero.
La llamada «cuestión homérica» continúa abierta. No sabemos con certeza si existió un único poeta llamado Homero, ni podemos comprender la Ilíada y la Odisea como productos aislados de un autor solitario semejante a los escritores modernos. Ambas epopeyas surgieron de una extensa tradición oral, cultivada por generaciones de cantores que heredaban fórmulas, personajes y episodios, pero que también los recreaban en cada ejecución. Hay estudios que han demostrado precisamente la profunda relación de los poemas con la composición oral en el acto mismo de su representación; la discusión sobre cómo alcanzaron su forma textual definitiva permanece viva entre los especialistas.
Si aceptamos, por tanto, que detrás del nombre de Homero resuena una pluralidad de voces, Christopher Nolan puede ser considerado metafóricamente como uno más de esos Homeros: el Homero cinematográfico de nuestro tiempo. No porque haya escrito el poema antiguo, desde luego, sino porque ha recibido una tradición milenaria, la ha hecho suya y ha vuelto a contarla mediante el lenguaje artístico de su época.
Una antigua aspiración
La propuesta cinematográfica de Nolan cumplió todas mis expectativas. Desde que supe, hace poco más de un año, que estaba preparando una adaptación de La Odisea, esperé el estreno —salvadas todas las proporciones— con algo de la perseverancia con que Penélope aguardó el regreso de Odiseo.
Nolan estudió Literatura Inglesa en University College London, donde obtuvo su licenciatura en 1993 y donde también participó activamente en la sociedad cinematográfica universitaria. Desde entonces, el sueño de realizar una epopeya homérica lo acompañaba: de hecho, Nolan estuvo vinculado a una posible dirección de Troya antes de que el proyecto quedara finalmente en manos de Wolfgang Petersen. Su nueva película no nació, por tanto, de una ocurrencia posterior al éxito de Oppenheimer, sino de una aspiración largamente postergada que solo podía materializarse desde la madurez de su carrera.
El resultado es una película compleja, profunda y respetuosa del clásico griego. Su fidelidad no es servil ni literal: Nolan comprende que adaptar significa seleccionar, reorganizar y reinterpretar. El desafío consistía en condensar los veinticuatro cantos del poema en 172 minutos —poco menos de tres horas— sin reducirlos a una sucesión superficial de monstruos y aventuras. Nolan no incluye todos sus episodios, pero elige buena parte de los más significativos y los articula alrededor de un problema moral.
El nóstos, el regreso al hogar, continúa siendo el centro de la historia. Sin embargo, el director agrega una pregunta inquietante: ¿puede regresar verdaderamente quien ha sido transformado por la guerra? A ella se suman otras: ¿de qué sirve el heroísmo cuando su resultado es la devastación? ¿En qué medida la inteligencia y la audacia de Odiseo siguen siendo virtudes cuando se emplean para matar, saquear y engañar? ¿Qué queda de la gloria cuando la victoria ha quebrantado las leyes que hacen posible la convivencia humana?
Una historia contada por muchas voces
La estructura narrativa es compleja, pero está admirablemente resuelta. No existe una voz omnisciente que explique con comodidad cuanto sucede. La historia se reconstruye mediante testimonios, recuerdos, cantos, sueños y evocaciones: hablan Demódoco, el aedo; Penélope y Odiseo; el ciego Eumeo; Alcínoo, Menelao y Agamenón; Circe, Calipso y Tiresias; incluso los soldados muertos que emergen desde el Hades.
Esta polifonía remite al mundo oral del que nació la epopeya y, por momentos, adquiere una función semejante a la del coro en la tragedia griega: las voces no se limitan a informar, sino que juzgan, contradicen y atormentan al protagonista. Cada narrador aporta una perspectiva diferente y convierte la película en una composición de memorias fragmentarias.
Si reconstruimos la cronología oculta bajo los saltos temporales, la cinta recorre, entre otros, los episodios del cíclope Polifemo, los lestrigones, la hechicera Circe, el descenso al Hades, las sirenas, Escila y Caribdis y la permanencia junto a Calipso. En este último pasaje, Nolan fusiona la isla de la ninfa con el episodio de los lotófagos: Calipso ofrece a Odiseo la flor de loto para adormecer sus recuerdos y aliviar el peso de la guerra. Es una de las libertades más notables de la adaptación.
Todos estos episodios están magníficamente logrados. Algunos descansan en la acción y el espectáculo visual; otros, en la atmósfera, el sonido y la introspección. Mi preferido es el de las sirenas. La composición sonora, las imágenes y las voces convierten la tentación en una interrogación interior. Las sirenas no prometen solamente placer o conocimiento: obligan a Odiseo a mirar aquello que preferiría ocultar. Su canto parece decirle que, quizá, una parte de él teme regresar porque volver significaría comparecer ante Penélope, ante su hijo y ante sí mismo.
Dos ausencias sorprendentes
Hay, sin embargo, dos momentos fundamentales del poema que Nolan omite. Desconozco sus razones y me gustaría escucharlas algún día de voz del propio cineasta.
El primero corresponde a la cueva de Polifemo. En el poema, Odiseo engaña al cíclope diciéndole que se llama «Nadie». Cuando Polifemo, ya cegado, pide ayuda y grita que «Nadie» lo ha atacado, los demás cíclopes creen que no corre peligro. Pero, una vez a salvo en su nave, Odiseo no resiste la tentación del orgullo y revela su verdadera identidad. Polifemo puede entonces invocar a su padre, Poseidón, y pedirle que castigue al rey de Ítaca. El ingenio salva al héroe pero la arrogancia lo condena. Nolan elimina tanto el célebre juego con el nombre como el alarde posterior, modificando así uno de los vínculos causales más importantes del poema.
La segunda ausencia ocurre durante la estancia con Calipso. En Homero, la ninfa ofrece a Odiseo la inmortalidad y la juventud perpetua si permanece con ella. Él elige, no obstante, volver junto a Penélope, aun sabiendo que ambos son mortales y envejecerán. Esa decisión encierra una de las afirmaciones más hermosas de la Odisea: el héroe prefiere una existencia humana, limitada y compartida a una eternidad sin hogar. Nolan convierte a Calipso en una figura menos posesiva, casi terapéutica, y sustituye la promesa de inmortalidad por el olvido producido por el loto.
Son omisiones significativas, pero no debilitan la película. Revelan que Nolan no aspira a reproducir el poema episodio por episodio, sino a construir su propia lectura moral de Odiseo.
La ruptura de la ley de Zeus
El gran hilo conductor de la película es lo que Nolan denomina «la ley de Zeus». En el mundo homérico existía la xenía, un conjunto de obligaciones recíprocas entre anfitriones y huéspedes bajo la protección de Zeus Xenios. El anfitrión debía acoger, alimentar y proteger al extranjero; el huésped, por su parte, debía respetar la casa que lo recibía. La expresión «ley de Zeus», entendida como una norma universal semejante a la regla de oro, es una elaboración de Nolan y no una fórmula auténtica de la religión griega. El director condensa en ella la xenía, la reciprocidad y la posibilidad de que un desconocido sea un dios disfrazado.
Dentro de la arquitectura moral de la película, la primera gran ruptura de esa ley ocurre en Troya. El caballo presentado como ofrenda a Atenea contiene soldados ocultos: un regalo aparente encubre la destrucción. El ingenio de Odiseo permite ganar la guerra, pero destruye la confianza sobre la que se sostiene la civilización. El héroe descubre demasiado tarde que su mayor hazaña es también su pecado original.
La violación reaparece, como en un espejo, en el palacio de Ítaca. Los pretendientes de Penélope han sido recibidos como huéspedes, pero devoran los bienes de la casa, humillan a sus habitantes, amenazan a Telémaco y pretenden apropiarse del reino. No padecen por falta de hospitalidad: son ellos quienes han corrompido la condición de huéspedes.
Nolan establece así una poderosa simetría entre Troya e Ítaca. Odiseo regresa para encontrar su propio palacio asediado, como él había asediado la ciudad troyana. Debe enfrentarse en casa a una violencia semejante a la que contribuyó a desencadenar lejos de ella. La Odisea se convierte entonces en algo más que la historia de un viaje: es la historia de un hombre obligado a contemplar las consecuencias de su inteligencia.
El padre, el hijo y el mendigo
Otro de los grandes logros del filme es el desarrollo paralelo de Odiseo y Telémaco.
Odiseo parte como rey y héroe, pero regresa como náufrago y mendigo. El disfraz es, ciertamente, una estratagema, aunque también representa su transformación interior. Quien vuelve a Ítaca no es el hombre que salió veinte años antes. La escena en la que conversa con Penélope sin revelar todavía su identidad es particularmente significativa: bajo la apariencia del mendigo, puede confesar las dudas, la culpa y el arrepentimiento que el héroe victorioso nunca habría reconocido.
Telémaco, por su parte, vive su propia odisea. Penélope todavía lo mira como al niño abandonado por su padre, pero él debe aprender a actuar, decidir y asumir una responsabilidad política. Su evolución culmina cuando deja de ser solamente «el hijo de Odiseo» y se convierte en el legítimo rey de Ítaca. El regreso del padre hace posible la soberanía del hijo.
Una promesa cumplida
La película comienza con una promesa y termina cumpliéndola.
La noche anterior a la partida hacia Troya, mientras el pequeño Telémaco duerme en sus aposentos, Penélope intenta convencer a Odiseo de que rechace la guerra. Le propone huir juntos hacia Occidente, hacia el lugar donde se oculta el sol, tan lejos como sea necesario para que nadie pueda encontrarlos.
Tras la guerra, el naufragio, los monstruos, la pérdida de sus compañeros y la recuperación de Ítaca, la película vuelve a aquella promesa. Odiseo renuncia al trono y lo deja en manos de Telémaco. Penélope y él embarcan juntos rumbo a Occidente, no para conquistar nuevas tierras, sino para honrar a los muertos y buscar una forma de reconciliación. Nolan se aparta aquí decididamente del final homérico y concede a la pareja el viaje que la guerra les había negado.
Christopher Nolan nos entrega una obra maestra de la cinematografía contemporánea. Lo consigue gracias a su talento como narrador y a su dominio de la imagen, el montaje y el sonido, pero también a su capacidad para conducir a un extraordinario equipo de actores y técnicos a la altura del desafío.
Su mayor logro, sin embargo, consiste en haber comprendido que la fidelidad a un clásico no exige inmovilidad. Las obras verdaderamente universales sobreviven porque cada época vuelve a interrogarlas. Nolan no ha filmado simplemente la Odisea: ha dialogado con ella, la ha sometido a las preguntas morales de nuestro tiempo y la ha devuelto al mundo convertida nuevamente en una experiencia colectiva.
Con esta interpretación, Christopher Nolan se integra a la constelación de aedos, poetas, traductores, filólogos, dramaturgos y cineastas que, a lo largo de casi tres milenios, han contribuido a mantener viva la historia de Odiseo. Si Homero es el nombre que damos a una voz formada por muchas voces, entonces podemos decirlo sin temor: Christopher Nolan es ya uno de los Homeros.
Aristarco Regalado
Palabras clave: Christopher Nolan, La Odisea, Homero, Odiseo, Penélope, Telémaco, cine épico, literatura clásica, mitología griega, nóstos, xenía, ley de Zeus.
Hashtags: #ChristopherNolan #LaOdisea #Homero #CineYLiteratura #LiteraturaClásica #MitologíaGriega #AnabasisProject