Gobernar la conquista: Nuño de Guzmán y el nacimiento problemático del orden colonial

Serie: La invención de la Nueva España

Esta semana, Anabasis Project propone una serie de cinco artículos para recorrer algunos de los procesos que hicieron posible la Nueva España. Más que un territorio dado, fue un mundo en construcción: imaginado por expedicionarios, tejido por rutas oceánicas, afirmado mediante fundaciones urbanas, sometido a mecanismos de gobierno y vivido por hombres y mujeres concretos. A través de cinco libros de nuestro catálogo, esta serie invita a mirar esa formación histórica desde escalas distintas pero complementarias.

Conquistar no era todavía gobernar. Esa verdad, tan simple en apariencia, ayuda a entender una de las problemáticas más grandes de los primeros años de la Nueva España. La irrupción militar, las expediciones, las alianzas, las fundaciones y la ocupación de territorios abrían posibilidades de dominio, pero no producían por sí solas un orden estable. Había que administrar, distribuir autoridad, contener abusos, fijar jurisdicciones, gestionar conflictos, legitimar mandos y, llegado el caso, juzgar a quienes habían ejercido el poder. La Nueva España no nació ya ordenada. Hubo que inventarla también como espacio de gobierno. Y esa invención fue, desde el principio, conflictiva. 

Pocas figuras permiten observar mejor esa dificultad que Nuño Beltrán de Guzmán. Su trayectoria concentra varios de los rasgos decisivos de ese momento inaugural: fue gobernador de Pánuco, presidente de la Audiencia de México, conquistador, fundador y primer gobernador de la Nueva Galicia. Es decir, no fue un actor lateral ni un aventurero extraviado en una frontera remota, sino un hombre que marcó, de manera decisiva y controvertida, los primeros años de vida institucional de una vasta porción del territorio mexicano. Su carrera muestra con nitidez que el poder colonial temprano no fue una maquinaria serena ni uniforme, sino una zona de rivalidades, improvisaciones, ambiciones y controles tardíos. 

Acercarse a Nuño de Guzmán exige, además, una cierta cautela historiográfica. Durante siglos, su figura quedó rodeada por una poderosa tradición desfavorable. Cronistas, polemistas y testigos de distinta autoridad lo presentaron bajo tonos marcadamente hostiles, y esa imagen se prolongó después en buena parte de la historiografía. Pero el problema histórico no consiste solo en condenar o absolver a Guzmán. Consiste en comprender lo que su trayectoria revela sobre la fabricación del poder colonial. En torno a él se cruzan la conquista, la jurisdicción, las fundaciones urbanas, la competencia y rivalidad con Hernán Cortés, el uso político de la justicia y la implantación de instituciones castellanas en tierras todavía inestables. 

Por eso, el juicio de residencia levantado contra él en 1537 y 1538 posee un interés que desborda con mucho la biografía individual. Según lo he señalado en mi libro sobre Nuño de Guzmán, con el juicio de residencia en su contra como gobernador de la Nueva Galicia se inauguró en ese reino el sistema español de impartición de justicia como mecanismo de control, pues se trata del primer documento judicial elaborado con tales fines en la Nueva Galicia. Esto muestra que el orden colonial no se inventó solo mediante conquista y fundación, sino también mediante vigilancia, revisión de poderes y disciplinamiento institucional. Gobernar la conquista implicó, desde muy pronto, juzgar a los conquistadores. 

I. Un hombre para la expansión, un problema para el gobierno

La carrera de Nuño de Guzmán se entiende mejor cuando se la observa como una serie de ascensos rápidos dentro de un momento especialmente movedizo de la monarquía hispánica en Indias. En 1525 fue nombrado gobernador de Pánuco; más tarde, en 1528, fue designado presidente de la Audiencia de México, y el 1 de enero de 1529 aquella Audiencia sesionó por primera vez bajo su presidencia. Poco después, su trayectoria se proyectó hacia el occidente y el norte, en el marco de la conquista que daría lugar a la Nueva Galicia, de la cual fue nombrado gobernador en 1531. Su itinerario político lo colocó, por tanto, en posiciones de enorme peso dentro del naciente orden americano. 

Esa acumulación de cargos no era un detalle menor. Revela que, a ojos del poder imperial, Guzmán parecía durante un tiempo un hombre apto para tareas de expansión, control y reorganización del espacio colonial. En una etapa en que la Corona buscaba afirmar su autoridad frente a poderes personales excesivos, figuras así podían resultar útiles precisamente porque encarnaban capacidad de mando. Pero ese mismo perfil encerraba un peligro: la concentración de facultades en un actor acostumbrado a operar en contextos de violencia, competencia y apropiación. 

La rivalidad con Hernán Cortés ayuda a comprender parte de esta dinámica. Guzmán no se movió en un escenario vacío, sino en un espacio político ya en tensión por la presencia del conquistador de México y por las redes de lealtad que lo rodeaban. En Pánuco primero, y luego en el occidente, su trayectoria se fue definiendo también en relación con la necesidad de disputar influencia, marcar fronteras y frustrar proyectos de sus adversarios. La documentación y los estudios citados en mi libro ya citado muestran bien cómo la expansión hacia la Nueva Galicia estuvo atravesada por esa competencia, y cómo las fundaciones y apropiaciones de pueblos indígenas formaban parte de una política más amplia de afirmación territorial. 

Todo ello convierte a Guzmán en una figura muy reveladora para pensar los primeros años del orden colonial. No es solo el personaje de una biografía turbulenta, sino la encarnación de una forma de poder naciente: expansivo, personalista, ambicioso y todavía poco contenido por mecanismos de control suficientemente asentados. La Nueva España de esos años no disponía aún de un equilibrio firme entre conquista y gobierno. De ahí que hombres como Guzmán pudieran ascender tanto y, al mismo tiempo, generar una necesidad urgente de corrección institucional.

Hay además otro punto que conviene subrayar. El poder de Guzmán no se explica únicamente por sus propias cualidades o decisiones, sino también por la estructura misma del momento. La monarquía estaba ensayando fórmulas de mando, corrigiendo nombramientos, abriendo y cerrando espacios de autoridad. La Audiencia, por ejemplo, no era solo un tribunal; era también una forma de reorganizar el poder político en la Nueva España. Que Guzmán la presidiera muestra hasta qué punto la distinción entre funciones de justicia y funciones de gobierno podía ser todavía muy porosa. El problema, justamente, era ese: cuando las instituciones todavía estaban tomando forma, el ejercicio del mando podía confundirse con la apropiación del aparato institucional mismo. 

Vista así, la figura de Nuño de Guzmán deja de ser solo un nombre sombrío en una crónica hostil y se vuelve una clave para entender una transición más amplia. La monarquía necesitaba conquistadores y fundadores para expandirse, pero también necesitaba impedir que esos mismos actores se convirtieran en poderes demasiado autónomos. La historia de Guzmán se inscribe exactamente en esa línea. Fue útil para la expansión; se volvió problemática para el gobierno. Y ese paso de la utilidad al problema revela mucho sobre la manera en que se estaba inventando la Nueva España.

II. El juicio de residencia: justicia, control y escarmiento

Si la trayectoria de Guzmán muestra los excesos posibles del poder temprano, el juicio de residencia abierto contra él permite observar el intento de la monarquía por domesticar ese poder. Conviene subrayarlo: el juicio de residencia contra Nuño de Guzmán como gobernador de la Nueva Galicia inauguró en ese reino el sistema español de impartición de justicia como mecanismo de control, y constituye el primer documento judicial elaborado allí con tales fines. Estamos, por tanto, ante un expediente un momento fundacional de las instituciones coloniales. 

La residencia era, en el fondo, una tecnología política. Permitía revisar la conducta de un gobernante al término de su mandato o durante una coyuntura crítica, recoger testimonios, formular cargos, contrastar defensas y escenificar la superioridad del orden real sobre las autoridades locales. En teoría, se trataba de un instrumento jurídico; en la práctica, era también una puesta en escena del poder de la Corona. Que se aplicara a una figura como Guzmán indica hasta qué punto la monarquía necesitaba marcar un límite. La conquista no autorizaba cualquier forma de dominio. Había que recordar que, por encima del conquistador, existía un rey y una estructura institucional capaz de juzgarlo. 

El propio desarrollo del proceso ilustra esa voluntad de escarmiento y control. La cronología incluida en el libro recuerda que en 1536 fue nombrado Diego Pérez de la Torre como juez de residencia de Nuño de Guzmán; en 1537 el juez anunció formalmente el juicio en presencia del virrey Antonio de Mendoza y de los oidores, y Guzmán fue puesto inmediatamente en la cárcel; ese mismo año se realizó la residencia, iniciada en Guadalajara y concluida en Compostela con una sentencia de exilio, mientras el residenciado promovía su apelación desde prisión. La secuencia muestra una operación política e institucional de gran envergadura, no una mera formalidad burocrática. 

Hay algo especialmente significativo en esto. El nuevo orden colonial se estaba afirmando no solo mediante la creación de villas, obispados o audiencias, sino también mediante la capacidad de revisar retrospectivamente el ejercicio del poder. Dicho de otro modo: la Nueva España y la Nueva Galicia no se inventaban únicamente hacia adelante, por expansión y fundación, sino también hacia atrás, sometiendo a examen lo ya hecho. El juicio de residencia era una forma de producir memoria institucional, de fijar responsabilidades y de declarar que el mando debía responder ante una instancia superior.

El juicio de residencia en cuestión, además, es de enorme interés no solo para la historia del derecho y de las instituciones, sino también para la historia social y económica, porque deja ver el estado que guardaba la Nueva Galicia a un lustro de haber sido fundada. Esa observación es muy valiosa. El expediente no solo juzga a un hombre sino que también retrata un territorio. A través de sus testimonios, remiendos, improvisaciones y tensiones, aparece una sociedad todavía en formación, donde el desplome del mundo indígena y la dificultad para afianzar un modelo de origen europeo eran palpables. La residencia, en este sentido, no solo disciplinaba: también revelaba un momento preciso. 

Y acaso ahí reside parte de su fuerza histórica. El juicio de residencia no funciona solamente como castigo o corrección, sino como espejo de un orden que se está haciendo. La monarquía transplanta instituciones castellanas a un territorio recién conquistado, pero el trasplante no es limpio ni automático. El propio libro advierte que en el documento se perciben improvisaciones, agregados, retrocesos y contrastes entre rigor y holgura. Esas irregularidades, lejos de disminuir su valor, lo vuelven más elocuente: muestran que el orden colonial nacía entre ajustes y tanteos, no como una arquitectura perfecta desde el primer día. 

Por eso puede decirse que el juicio de residencia contra Nuño de Guzmán fue, a la vez, un acto de justicia, un instrumento de control y una escena de fundación institucional. La Nueva Galicia empezaba a aprender que gobernar no era lo mismo que conquistar. Y la monarquía empezaba a enseñar, mediante el proceso, que la autoridad colonial debía ser revisable. Esa pedagogía del límite formó parte esencial de la invención del orden novohispano.

III. Los límites del mando y la fragilidad del orden naciente

Conviene, sin embargo, no idealizar demasiado el alcance de ese control. El hecho mismo de que la Corona y sus agentes se vieran obligados a intervenir con tanta energía muestra la fragilidad del orden que intentaban consolidar. El juicio de residencia no era la manifestación de una maquinaria plenamente asentada, sino la respuesta a una situación en la que las fronteras entre ambición personal, violencia de conquista y autoridad legítima seguían siendo inestables. En ese sentido, el proceso contra Guzmán señala tanto la existencia del control como la precariedad del mundo que había que controlar. 

La evolución posterior del caso confirma esa ambivalencia. Guzmán consiguió abogado, repartió poderes entre sus leales y promovió una defensa de enorme volumen, con más de ochocientas fojas, frente al expediente inicial que lo comprometía. La propia dinámica del proceso deja ver que las redes de apoyo, la capacidad de reunir testimonios y la lucha por modelar la verdad judicial seguían siendo componentes centrales del poder. No bastaba con abrir un juicio: había que sostenerlo en un terreno político complejo. 

A ello se añadía la inestabilidad general del territorio. En 1538, cuando Diego Pérez de la Torre salió a enfrentar una rebelión indígena en la región de Ahuacatlán, Xocotlán y Hostotipaquillo, fue herido de muerte y acabó falleciendo en Tonalá. El episodio revela hasta qué punto la Nueva Galicia seguía siendo un espacio de conflicto abierto. La implantación de instituciones castellanas no significaba que la región hubiera sido pacificada o incorporada de manera definitiva. El gobierno colonial nacía, literalmente, en medio de la guerra. 

De ahí que la figura de Guzmán resulte tan útil para pensar la naturaleza problemática del orden naciente. Su trayectoria muestra que la dominación colonial temprana no fue un tránsito lineal desde la conquista hacia una administración estable. Fue más bien una secuencia de solapamientos: conquista y jurisdicción, fundación y pleito, expansión y revisión, guerra e institucionalización. La autoridad colonial se inventaba mientras trataba de imponerse. Y precisamente por eso dejaba tras de sí documentos tan valiosos como el juicio de residencia, donde puede observarse la fricción misma del proceso histórico. 

Hay incluso una paradoja más honda. Hombres como Guzmán contribuyeron a crear el mundo que luego los juzgó. Participaron en fundaciones, trazaron jurisdicciones, afirmaron dominios y abrieron caminos de gobierno. Pero, al hacerlo, ayudaron también a hacer necesario un sistema de control superior. El orden colonial tuvo que aprender a defenderse de sus propios agentes. Esa es, quizás, una de las lecciones más importantes de esta historia: que la monarquía no solo debía dominar territorios y pueblos; debía también disciplinar a quienes actuaban en su nombre.

Mirado desde esa perspectiva, el caso de Nuño de Guzmán deja de ser una anomalía y se vuelve síntoma. Habla de un tiempo en que la Nueva España y sus reinos interiores estaban todavía inventándose, en que las instituciones eran a la vez promesa y experimento, y en que el tribunal funcionaba más como herramienta de afirmación política que como instrumento de justicia. Gobernar la conquista implicaba fijar límites al conquistador. Y esa tarea, tan decisiva como incierta, formó parte central del nacimiento del orden colonial.

Quien desee profundizar en esta dimensión política, judicial e institucional de los primeros años neogallegos encontrará un libro útil en Nuño de Guzmán. Juicio de residencia en Nueva Galicia, 1537-1538, que he publicado en Anabasis Project. El volumen permite acercarse a Guzmán con voluntad de imparcialidad y distancia crítica, pero sobre todo ofrece un acceso excepcional a uno de los documentos más reveladores para comprender cómo la monarquía intentó convertir la conquista en gobierno. El libro puede encontrarse en los canales habituales de la editorial y en sus espacios de distribución. 


Aristarco Regalado es director general de la Editorial Anabasis Project; es director de la Revista Letras Históricas del Departamento de Historia; es director de la División de Estudios Históricos y Humanos; es historiador y profesor-investigador Titular en la Universidad de Guadalajara; es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3, en México.


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