El liderazgo, el propósito y la condición humana en la Odisea
Durante este semestre, en el curso de Novela Histórica que imparto en la Licenciatura en Historia de la Universidad de Guadalajara, mis estudiantes y yo hemos emprendido el placentero viaje de leer y comentar la Odisea de Homero. Semana tras semana acompañamos al héroe griego por mares desconocidos, islas misteriosas y territorios poblados por dioses y criaturas extraordinarias. Entre nuestras lecturas y conversaciones han surgido preguntas que, lejos de pertenecer exclusivamente al mundo antiguo, continúan interpelándonos.
La reciente adaptación cinematográfica de Christopher Nolan, que he tenido oportunidad de ver en dos ocasiones, ha renovado también mi interés por esta historia. La fuerza de sus imágenes y su interpretación del regreso de Odiseo a Ítaca nos recuerdan la extraordinaria capacidad de los clásicos para dialogar con distintas generaciones. La película y el poema pertenecen a lenguajes y épocas diferentes, pero ambos nos invitan a reflexionar sobre la inteligencia, el orgullo, el sufrimiento y los límites de la condición humana.
Una de las cuestiones que más ha llamado mi atención es el liderazgo de Odiseo. No porque Homero se haya propuesto escribir un tratado sobre el arte de conducir a los hombres, sino porque las aventuras de su protagonista nos permiten observar las virtudes y contradicciones de quien asume tal responsabilidad.
Existe, además, una circunstancia que nos interpela: después de veinte años de ausencia, diez de ellos en la guerra de Troya y otros diez durante su accidentado regreso, Odiseo consigue finalmente llegar a Ítaca. Pero lo hace solo. Ninguno de los compañeros que emprendieron con él el retorno ha sobrevivido.
El héroe alcanza su propósito. Sus hombres, no.
¿Podemos considerar plenamente exitoso a un líder que consigue llegar a su destino, pero pierde durante el camino a todos aquellos que lo acompañaban?
La humildad: reconocer los propios límites
Odiseo es uno de los personajes más inteligentes de la literatura antigua. A diferencia de Aquiles, cuya grandeza reposa principalmente en su fuerza guerrera, el rey de Ítaca se distingue por su astucia, su capacidad de observación y su ingenio para superar dificultades aparentemente insalvables. Fue Odiseo, por ejemplo, quien tuvo la idea del caballo para penetrar las murallas invencibles de Troya.
Sin embargo, su inteligencia no le proporciona todas las respuestas.
En el canto XI, siguiendo las indicaciones de Circe, Odiseo llega hasta los confines del mundo de los muertos para consultar al adivino Tiresias. Necesita saber cómo regresar a su patria. Ha sobrevivido a numerosos peligros, pero ignora todavía qué camino debe seguir.
El encuentro es revelador. El hombre de los mil recursos necesita escuchar.
Tiresias le advierte sobre la cólera de Poseidón y los peligros que encontrará durante el viaje, particularmente en la isla donde pastan los rebaños del Sol. El regreso será posible, pero dependerá también de su conducta y de la de sus compañeros.
Me parece que este episodio encierra una enseñanza fundamental: por extraordinaria que sea nuestra inteligencia, siempre habrá circunstancias que escapen a nuestro conocimiento. Reconocerlo no disminuye nuestras capacidades; por el contrario, nos permite aprender de la experiencia y del saber de los demás.
Quien considera que siempre tiene razón termina por confundir su autoridad con la verdad. La humildad no significa renunciar a dirigir, sino reconocer que nadie puede hacerlo sabiéndolo todo.
La dignidad: no abandonar a los compañeros
En el canto X encontramos otro episodio significativo. Circe, la poderosa hechicera, ha transformado en cerdos a varios compañeros de Odiseo. Cuando el héroe descubre lo ocurrido, decide enfrentarse a ella para rescatarlos.
Con la ayuda de Hermes consigue resistir sus encantamientos y obtener la promesa de que no sufrirá daño. Pero cuando Circe le ofrece alimentos y hospitalidad, Odiseo permanece abatido. No puede disfrutar de aquellos privilegios mientras sus hombres continúen cautivos. Exige que recuperen su condición humana.
La escena muestra a un Odiseo consciente de sus responsabilidades. Su propia seguridad no es suficiente si quienes han confiado en él permanecen abandonados a su suerte.
¿No encontramos aquí una exigencia fundamental del liderazgo?
En nuestros días, algunas corrientes de reflexión sobre la dirección de organizaciones insisten en que los resultados no constituyen la única medida del éxito. También es importante lo que sucede con las personas del equipo durante el camino: si desarrollan sus capacidades, adquieren confianza, fortalecen su autonomía y encuentran oportunidades para crecer.
Sería anacrónico atribuir semejantes preocupaciones a Homero. El mundo de Odiseo responde a otros valores y otras formas de autoridad. Pero su historia nos permite formular preguntas que siguen siendo pertinentes.
Porque conducir a otras personas no debería significar solamente aprovechar sus talentos para alcanzar una meta. También debería representar una oportunidad para contribuir a su desarrollo y crecimiento.
Los propósitos compartidos adquieren mayor sentido cuando reconocemos que cada persona posee igualmente sus propias aspiraciones.
El autodominio: aprender a gobernarse
Uno de los episodios más célebres de la Odisea aparece en el canto XII. Advertido por Circe sobre el peligro de las sirenas, cuyo canto seduce a los navegantes hasta conducirlos a la perdición, Odiseo toma una decisión asaz acertada: ordena que sus compañeros se tapen los oídos con cera y que a él lo aten firmemente al mástil de la embarcación.
Desea escuchar aquel canto irresistible, pero sabe que no podrá dominar sus impulsos.
Cuando las sirenas comienzan a cantar, Odiseo exige que lo liberen. Sus compañeros, lejos de obedecer sus nuevas órdenes, recuerdan las instrucciones anteriores y refuerzan las ataduras. Gracias a ello consiguen superar el peligro.
Hay algo admirable en esta escena. El hombre que dirige la expedición reconoce anticipadamente su propia debilidad y confía en que sus compañeros sabrán protegerlo, incluso contra su voluntad.
Odiseo comprende que su inteligencia no lo vuelve invulnerable. Por eso establece límites a sus propias decisiones y deposita en otros una responsabilidad que podría salvarles la vida.
El episodio ilustra que el liderazgo requiere algo más que voluntad y determinación. También exige prudencia, confianza y capacidad para aceptar que podemos equivocarnos.
En ocasiones, gobernarse a sí mismo resulta más difícil que gobernar a los demás.

El precio de llegar a Ítaca
Sería un error, sin embargo, convertir a Odiseo en un modelo perfecto. Su grandeza literaria reside precisamente en sus contradicciones: es inteligente y orgulloso, prudente e imprudente, generoso y egoísta.
Recordemos su encuentro con Polifemo.
Después de escapar de la cueva del cíclope gracias a una estratagema extraordinaria, Odiseo se aleja en su embarcación y comienza a burlarse del monstruo. Sus compañeros le suplican que guarde silencio para evitar nuevos peligros. Pero el héroe desatiende sus advertencias y termina revelando su verdadero nombre.
La necesidad de proclamar su victoria resulta más poderosa que la prudencia que le había permitido sobrevivir.
Polifemo, hijo de Poseidón, invoca entonces a su padre para que castigue a Odiseo. La imprudencia del vencedor tendrá consecuencias que se prolongarán durante el viaje.
No podemos atribuir al héroe todas las desgracias de sus compañeros. Homero recuerda desde el comienzo que algunos perecieron por su propia insensatez, particularmente al sacrificar los animales sagrados del Sol. Otros sucumbieron ante monstruos, tempestades o fuerzas superiores a su voluntad.
Pero tampoco podemos ignorar los errores de Odiseo. Su inteligencia no siempre estuvo acompañada de buen juicio, y algunas decisiones tomadas bajo el impulso del orgullo pusieron en peligro a quienes lo seguían.
Aquí encuentro una de las cuestiones más difíciles del liderazgo.
En nuestras instituciones, empresas y proyectos colectivos acostumbramos valorar a quienes alcanzan sus objetivos, superan adversidades y producen resultados. Todo ello importa, y mucho. Sin metas claras, perseverancia y capacidad de acción, difícilmente podemos construir algo trascendente.
Pero ¿qué ocurre cuando los objetivos se alcanzan a costa del agotamiento, la frustración o el sacrificio de las personas que contribuyeron a conseguirlos?
Un dirigente puede acumular grandes triunfos y, sin embargo, perder la confianza de sus colaboradores. Una organización puede prosperar mientras quienes trabajan en ella ven limitadas sus posibilidades de crecimiento.
El éxito no debería medirse únicamente por el destino alcanzado. También es importante el camino recorrido y, sobre todo, lo que sucede con las personas durante la travesía.
Todos tenemos una Ítaca
Hay algo muy conmovedor en el empeño de Odiseo por regresar a su patria. Después de conocer la guerra, la muerte, el cautiverio y los peligros de mares desconocidos, conserva el deseo de volver al lugar donde lo esperan Penélope, Telémaco y la vida de antaño.
Ítaca representa mucho más que una isla. Es el hogar, la memoria, la pertenencia y el sentido de una existencia. Es aquello que justifica la perseverancia cuando las circunstancias parecen adversas y el regreso se antoja imposible.
Tal vez por ello, una de las enseñanzas más valiosas de la Odisea sea la importancia de conservar un propósito. Podemos disponer de extraordinarias capacidades, dirigir grandes proyectos y alcanzar numerosos éxitos, pero si perdemos de vista aquello que da sentido a nuestros esfuerzos, corremos el riesgo de confundir el movimiento con el verdadero progreso.
Sin embargo, la historia de Odiseo nos obliga a considerar algo más.
Sus compañeros también tenían una patria. También deseaban regresar a sus hogares. También había personas que esperaban su retorno.
Cada uno tenía, por decirlo de alguna manera, su propia Ítaca.
Tal vez una de las formas más elevadas del liderazgo consista precisamente en comprender que nuestros propósitos no deberían anular los proyectos de quienes nos acompañan, sino ofrecerles oportunidades para crecer, realizarse y construir sus propios destinos.
Después de casi tres mil años, Odiseo continúa navegando entre nosotros. No porque sus decisiones nos proporcionen respuestas definitivas, sino porque sus virtudes y contradicciones siguen planteándonos preguntas que difícilmente podemos eludir.
¿De qué sirve saber conducir a otros si hemos olvidado hacia dónde queremos llegar?
Y, sobre todo, ¿de qué sirve alcanzar Ítaca si, durante el viaje, hemos perdido a quienes confiaron en nosotros?
Imagen de portada: John William Waterhouse, Ulises y las sirenas (Ulysses and the Sirens), 1891. Óleo sobre lienzo. National Gallery of Victoria, Melbourne, Australia. Obra de dominio público. Reproducción: Wikimedia Commons.