
La Monarquía Hispánica estudió en 1630 un ataque a los dominios de Venecia, pero el proyecto quedó en el papel. Durante la guerra por la sucesión de Mantua, el conde de Oñate propuso repartir territorios de la república con otros gobernantes italianos. Venecia, enfrentada a las fuerzas imperiales y golpeada por la peste, temió una ofensiva. Alejandro García Gómez reconstruye esta crisis y sus prolongaciones hasta 1632 en un artículo de Cahiers d’études des cultures ibériques et latino-américaines.
El historiador coteja consultas del Consejo de Estado español, cartas de sus representantes en Venecia y despachos enviados por diplomáticos venecianos desde Madrid y Nápoles. Una propuesta de 1629 aconsejaba atacar primero los territorios de la república; en abril de 1630 Felipe IV pidió parecer sobre una declaración de guerra y, durante el verano, Oñate redactó su plan. Al mismo tiempo, Alvise Mocenigo informó a Venecia de posibles operaciones. Estos escritos documentan deliberaciones y temores, aunque también contienen rumores y juicios interesados: no acreditan una orden de invasión.
La investigación ilumina unas relaciones hispano-venecianas poco estudiadas para los primeros años de la década de 1630. También muestra que el conflicto no se limitó a una propuesta militar: en 1631 un patricio veneciano ofreció facilitar un golpe interno, pero los enviados españoles desconfiaron de su intermediario; más tarde, el conde de la Roca sugirió presionar a Venecia mediante restricciones comerciales, rechazadas por el Consejo de Estado. Al comparar estos proyectos con la correspondencia veneciana, García Gómez distingue entre la retórica de castigo, las opciones debatidas y las decisiones tomadas.
El ataque de 1630 no se produjo. El fracaso del asedio de Casale, la muerte de Ambrosio Espínola y el riesgo de abrir otro frente ante Francia ayudan a explicar la distancia entre los planes y la acción, sin establecer una causa única. Desde 1632 prevaleció un acercamiento diplomático, mientras Venecia mantuvo su neutralidad ante la rivalidad franco-española. El caso muestra cómo una amenaza condicionó la diplomacia aun sin convertirse en guerra. Queda por investigar qué rastros dejaron estas propuestas en los archivos de Nápoles y Milán.