Antes de que los automóviles ocuparan las calles, Morelia conoció otra revolución en su vida cotidiana: la llegada de los tranvías tirados por mulas. A finales del siglo XIX, la capital michoacana crecía, abría calles y buscaba mejorar sus comunicaciones. El transporte colectivo prometía unir la estación del ferrocarril con el centro y acercar barrios, comercios y espacios de recreo. Aquellos vagones sobre rieles no representaban únicamente un adelanto técnico: anunciaban una nueva forma de recorrer, experimentar y organizar la ciudad.
El proyecto tomó forma empresarial el 9 de febrero de 1883, cuando se constituyó la Compañía Limitada de Ferrocarriles Urbanos del Estado de Michoacán. Los primeros recorridos conectaron la estación ferroviaria con el centro urbano, aunque el servicio estuvo lejos de funcionar sin tropiezos. Hubo descarrilamientos, interrupciones y quejas de los usuarios. Como muestra el historiador Eder Max Zúñiga Ríos, los coches de alquiler y los tranvías no se sucedieron simplemente uno a otro: compartieron las mismas calles, atendieron distintas necesidades y obligaron a las autoridades a regular rutas, conductores y circulación.
La red se amplió conforme la ciudad se transformaba. En 1902, las líneas del tranvía sumaban 7 640 metros; en 1904, un recorrido entre el Colegio de San Nicolás y el parque Juárez costaba cinco centavos. Los rieles también servían para trasladar mercancías y llegar al panteón. Existieron servicios funerarios con tarifas diferenciadas, una faceta sorprendente de la movilidad de entonces. Sin embargo, cada extensión exigía inversiones, obras en las calles y negociaciones entre empresarios y gobierno: la modernización avanzaba entre intereses económicos, necesidades colectivas y conflictos cotidianos.
Esta historia invita a observar el porfiriato desde la escala de la experiencia urbana. Mientras los tranvías acortaban trayectos y contribuían al crecimiento comercial, las mejoras no beneficiaban por igual a todos los habitantes. La investigación de Zúñiga Ríos recuerda que el progreso material convivía con profundas desigualdades. Más que una curiosidad desaparecida, el tranvía de mulas revela una pregunta todavía vigente: ¿para quién se transforma una ciudad cuando cambia su sistema de transporte?
Referencia: Zúñiga Ríos, Eder Max (2026). «De mulas, coches y tranvías: los inicios del transporte público en Morelia, 1883–1908», Letras Históricas, núm. 32, 30 pp. https://doi.org/10.31836/lh.32.7520.
Imagen de portada: recreación visual contemporánea de un tranvía de tracción animal en la Morelia porfiriana; no es una fotografía documental.