En la Penitenciaría del Estado de Nuevo León, preparar tortillas podía considerarse trabajo productivo cuando lo hacían hombres, pero no cuando lo realizaban mujeres. Esta diferencia, observada en una investigación sobre el periodo comprendido entre 1895 y 1946, revela una desigualdad inscrita en las normas y los espacios de la prisión. Así lo sostiene el historiador Leonardo Guzmán Garza en un estudio publicado en Letras Históricas, que examina cómo la modernización carcelaria reservó a los varones mayores posibilidades de aprender oficios y obtener recompensas.
Para reconstruir aquella organización, Guzmán Garza confrontó reglamentos penitenciarios, informes, expedientes judiciales, planos y periódicos. Un inventario de 1924 registra máquinas para elaborar tortillas y un motor de nixtamal en la cocina masculina; en la femenina, un tablero, comales y metates. Las normas reconocían como productores a determinados ayudantes de cocina, mientras que las tareas de las presas figuraban como «labores femeniles». En un informe coinciden nueve mujeres sentenciadas y nueve personas clasificadas como «sin trabajar»: el autor señala que esa coincidencia sugiere una relación, pero no la demuestra.
El problema no era que las reclusas permanecieran inactivas: elaboraban alimentos que sostenían la vida cotidiana del establecimiento. La diferencia radicaba en el reconocimiento de ese esfuerzo. Los hombres podían acceder a talleres de carpintería, zapatería o imprenta, a enseñanza escolar y a un sistema de estímulos que comprendía pagos y certificados de oficio. Las mujeres quedaron apartadas de esas oportunidades. La investigación incorpora así la experiencia femenina a una historia penitenciaria que con frecuencia ha privilegiado las reformas institucionales y las trayectorias de la población masculina.
Este caso permite observar una contradicción de la modernización penal: el ideal de transformar a las personas mediante el trabajo no se aplicaba de manera equivalente a toda la población encarcelada. Tampoco fue una historia de absoluta pasividad: las fuentes documentan acciones de resistencia de algunas presas frente a las autoridades. El autor advierte que existen vacíos documentales y que no es posible reconstruir de forma continua los 51 años estudiados. Esa cautela no disminuye el alcance del hallazgo: obliga a preguntar quién decidía qué trabajo merecía reconocimiento y cuál permanecía invisible.
Imagen de portada: Penitenciaría del Estado de Nuevo León, Monterrey, 1902. Fotografía histórica atribuida a una comisión vinculada con la Segunda Conferencia Panamericana, vía Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 2.0. Sin alteraciones. La imagen muestra el exterior del edificio, no sus talleres.
Investigación original: Leonardo Guzmán Garza, «Los límites de la regeneración criminal: exclusión femenina de los talleres productivos de la Penitenciaría del Estado de Nuevo León (1895–1946)», Letras Históricas, núm. 32 (2026), 44 pp. Consultar el artículo académico. DOI: 10.31836/lh.32.7547.
Para seguir explorando: Mujeres, revolución y maternidad en México y Las tácticas del movimiento sufragista.
Nota de divulgación elaborada para Anabasis Project con apoyo de herramientas de inteligencia artificial a partir de la investigación académica citada.