Fundar en el tiempo: Anabasis Project Mexico

Energía, conocimiento, instituciones y libertad en el siglo XXI

Hoy, 7 de agosto de 2026, firmamos en una notaría de Guadalajara el acta constitutiva de Anabasis Project Mexico.

Mi primera palabra ante este hecho no es celebración, sino gratitud.

Agradezco a quienes han acompañado este proyecto desde que era apenas una posibilidad, especialmente a quienes han compartido conmigo la tarea de convertir una idea en realidad. Pero agradezco, sobre todo, a la vida, que me ha permitido llegar hasta este momento y experimentar la emoción de ver realizado lo que durante mucho tiempo fue apenas un sueño.

Y agradezco también la posibilidad de fundar.

Fundar significa introducir algo en el tiempo. No consiste simplemente en comenzar. Muchas cosas comienzan todos los días y desaparecen poco después. Fundar supone una aspiración diferente: construir algo destinado a sobrevivir a las circunstancias que hicieron posible su nacimiento e, idealmente, a las personas que participaron en él.

Por eso no quisiera interpretar la firma de un acta constitutiva únicamente como el nacimiento jurídico de una empresa. Las empresas son necesarias: requieren capital, organización, administración, productos, ingresos, responsabilidades y resultados. Nada verdaderamente duradero puede construirse sobre la indiferencia hacia la realidad material. Pero una institución cultural necesita algo más exigente: necesita una razón para existir.

Sobre esa razón deseo reflexionar hoy.

El tiempo que nos ha correspondido vivir

Tenemos el privilegio y la responsabilidad de vivir uno de esos momentos en los que las sociedades humanas modifican simultáneamente sus herramientas y la manera de comprenderse a sí mismas.

La revolución digital comenzó mucho antes de nosotros, pero estamos entrando en una etapa diferente. La inteligencia artificial ha comenzado a intervenir en actividades que durante siglos consideramos inseparables de la inteligencia humana: escribir, traducir, investigar, programar, representar imágenes, establecer relaciones entre cantidades inmensas de información y participar, incluso, en formas sofisticadas de razonamiento.

Es tentador observar estos fenómenos solamente desde la superficie. Vemos una pantalla. Escribimos unas palabras. Obtenemos una respuesta.

Pero detrás de ese gesto aparentemente inmaterial existe una formidable infraestructura física: centros de datos, semiconductores, redes de telecomunicaciones, minerales, agua, sistemas financieros, cadenas logísticas y, por encima de todo, energía. Mucha energía.

Esta constatación me parece intelectualmente saludable porque devuelve nuestra época a la historia.

Ninguna civilización ha existido en el vacío. Antes de los algoritmos estuvieron el carbón y el vapor; antes, los molinos, los animales de tiro, la fuerza hidráulica y el viento; y mucho antes, el fuego, la agricultura y el aprovechamiento sistemático de la energía solar almacenada en las plantas. Cada ampliación significativa de la capacidad humana para transformar su entorno ha dependido, de una u otra manera, de nuestra capacidad para obtener, almacenar, organizar y emplear energía.

La llamada sociedad del conocimiento no ha abolido esa realidad, sólo la ha hecho más compleja.

Tal vez esta sea una de las paradojas más interesantes de nuestro siglo: cuanto más virtual parece nuestro mundo, más importante resulta recordar la magnitud de sus fundamentos materiales.

Y desde esta perspectiva histórica, la revolución tecnológica contemporánea puede ayudarnos a observar algo todavía más profundo. Las civilizaciones no se sostienen sobre un único elemento. Su continuidad depende de la relación entre varias fuerzas fundamentales.

Entre ellas distingo, de manera muy personal, cuatro que considero decisivas: energía, conocimiento, instituciones y libertad responsable.

Energía y conocimiento

La energía hace posible la acción, pero el conocimiento permite orientarla.

Una sociedad puede disponer de enormes recursos energéticos y utilizarlos de manera destructiva. Puede poseer instrumentos extraordinarios y no comprender las consecuencias de su empleo. La historia moderna, precisamente por haber multiplicado de manera espectacular nuestra capacidad técnica, ofrece suficientes testimonios de esta contradicción.

El conocimiento constituye por ello una segunda infraestructura de la civilización. Pero tampoco el conocimiento es una abstracción: para acumularse, transmitirse y perdurar de una generación a otra necesita memoria.

Durante milenios, los seres humanos desarrollamos mecanismos destinados a impedir que cada generación tuviera que empezar de nuevo: tradición oral, escritura, archivos, bibliotecas, escuelas, universidades, monasterios, academias, museos, laboratorios y editoriales.

Un libro pertenece a esa larguísima historia.

Su apariencia puede resultar modesta frente a un centro de datos contemporáneo. Sin embargo, pocas tecnologías culturales han demostrado semejante capacidad para atravesar el tiempo. En un espacio reducido, una persona que murió hace siglos puede todavía ofrecer sus argumentos a otra que aún no ha nacido. Hay en ello algo extraordinario.

Leer a Heródoto, Tucídides, Séneca, Ibn Jaldún, Montaigne, Cervantes, Sor Juana o Humboldt significa participar en conversaciones iniciadas mucho antes de nuestra existencia. Y escribir significa aceptar la posibilidad, siempre incierta, de dirigir algunas palabras hacia el futuro.

Esa es una de las funciones esenciales de la cultura: extender la duración de la conciencia humana más allá de una existencia individual.

Pero el conocimiento acumulado tampoco basta.

Hace falta decidir qué merece conservarse, cómo debe transmitirse, bajo qué reglas y mediante qué procedimientos podemos distinguir, hasta donde sea humanamente posible, entre conocimiento, error, interpretación, propaganda y engaño.

En ese punto aparecen las instituciones.

La civilización necesita instituciones

Desconfío tanto de la idealización de las instituciones como de su desprecio.

La historia enseña a mantener una prudente distancia frente a ambas tentaciones.

Las instituciones pueden volverse rígidas, defender privilegios, castigar la innovación y sobrevivir mucho tiempo después de haber olvidado su razón de existir. Pero también constituyen uno de los grandes inventos de la humanidad para hacer posible la cooperación entre personas que no se conocen y entre generaciones que nunca llegarán a encontrarse.

Una institución nace cuando un propósito deja de depender de la voluntad de una persona y adquiere una forma capaz de continuar en el tiempo. Por eso debe juzgarse no sólo por su permanencia, sino por su capacidad para mantenerse fiel a la razón que justificó su existencia.

Decir que creemos en el conocimiento significa muy poco si no existen mecanismos para investigarlo, discutirlo, conservarlo y corregirlo. Defender la cultura es una declaración vacía si no construimos bibliotecas, universidades, archivos, editoriales, escuelas y comunidades capaces de transmitirla. Invocar la verdad sin establecer procedimientos que permitan cuestionar nuestras propias certezas termina, demasiadas veces, produciendo dogma.

Las instituciones son la arquitectura temporal de nuestras convicciones.

Cuando cumplen su función, permiten que una práctica colectiva se prolongue más allá de quienes la iniciaron, sin quedar por ello exenta de revisión.

Sin embargo, incluso energía, conocimiento e instituciones pueden coexistir bajo sociedades profundamente opresivas.

Falta todavía un elemento.

Y para mí es esencial.

La libertad como condición del conocimiento

Soy historiador. Quizás por ello la libertad ocupa un lugar particularmente profundo en mi manera de comprender el mundo.

No hablo de la libertad como una palabra ornamental ni como patrimonio exclusivo de una tradición política. Hablo de una condición humana mucho más elemental: la posibilidad de preguntar.

Preguntar supone admitir que aquello que nos ha sido dicho podría no ser suficiente. Implica comparar testimonios, escuchar versiones contradictorias, desplazarse intelectualmente hacia el lugar del otro, formular dudas, examinar evidencias y conservar incluso el derecho a equivocarnos.

Por eso encuentro tan sugerente volver a Heródoto.

Sería excesivo atribuirle, sin matices, la invención de la historiografía crítica tal como hoy la entendemos. Entre su mundo intelectual y nuestros métodos existe una distancia inmensa. Heródoto recoge noticias que acepta, otras que pone en duda y otras cuya verificación reconoce imposible. Su obra conserva relatos, prodigios, tradiciones y testimonios de naturaleza muy diversa.

Y precisamente por eso me interesa. Porque en aquella palabra griega, historíē, encontramos la idea de indagación.

Heródoto viaja, observa, pregunta, compara relatos y, en ocasiones, distingue entre aquello que le han contado y aquello que él considera creíble. Hay en ese gesto algo cuya descendencia intelectual será extraordinaria: la voluntad de no limitarse a repetir.

Prefiero contemplarlo así: no como fundador absoluto de un método que tardaría siglos en desarrollarse, sino como símbolo remoto de una actitud intelectual.

La del ser humano que pregunta.

Toda historiografía digna de ese nombre conserva algo de aquella insubordinación original. El historiador debe poder decir: no estoy convencido. Debe poder regresar al documento, interrogar una tradición, revisar una interpretación prestigiosa, comparar testimonios y reconocer también que él mismo estaba equivocado. Pienso aquí en Georges Duby y en una lección que siempre he encontrado en su obra: la historia permanece abierta a nuevas preguntas y el historiador debe estar dispuesto a volver sobre sus propias certezas.

La libertad intelectual no garantiza la verdad. Éste es un matiz fundamental. Una persona libre puede equivocarse, mentir o razonar mal. Pero sin un ámbito suficientemente amplio para la crítica, la discrepancia y la revisión, nuestros mecanismos para aproximarnos a la verdad se debilitan peligrosamente.

No veo en ello una razón para desconfiar de nuestro tiempo, sino una invitación a ejercer con mayor responsabilidad nuestra libertad intelectual.

Nunca habíamos dispuesto de tanto conocimiento accesible y, al mismo tiempo, de instrumentos tan poderosos para fabricar apariencia de conocimiento. La inteligencia artificial amplificará ambas posibilidades.

Podrá ayudarnos a localizar documentos, establecer conexiones inesperadas, traducir lenguas, procesar cantidades de información inaccesibles para un investigador individual y ensanchar de manera extraordinaria nuestras capacidades intelectuales. Pero podrá también multiplicar errores, producir textos plausibles sin fundamento, fabricar imágenes inexistentes y dar a una falsedad la apariencia estilística de una verdad.

No encuentro en esta tensión una razón para temer el futuro. Cada generación ha recibido un mundo inacabado y ha tenido que aprender a comprender las posibilidades y los riesgos de sus propios instrumentos. Confío en que la nuestra sabrá hacerlo también. Confío en la capacidad humana para aprender, corregir y construir; y confío en las generaciones que vendrán, porque ellas también tendrán el derecho y la responsabilidad de mejorar el mundo que reciban de nosotros.

Precisamente por eso, cuanto más poderosos sean nuestros instrumentos, más necesarias serán las condiciones que permiten examinarlos, discutirlos y utilizarlos responsablemente.

Y eso cambia profundamente la función de las instituciones culturales.

Editar en tiempos de abundancia

Durante una parte importante de la historia del libro, uno de los grandes problemas fue la escasez. Copiar era difícil. Imprimir era costoso. Distribuir resultaba complicado. Publicar exigía controlar una infraestructura material considerable. La revolución digital ha modificado radicalmente esa situación.

Hoy podemos producir cantidades enormes de textos, imágenes y datos a un costo cada vez menor. La inteligencia artificial acelerará este proceso hasta dimensiones difíciles de imaginar.

El problema cultural del futuro, por tanto, quizá no sea principalmente producir información, sino discernir qué merece nuestra atención.

Cuando la producción se vuelve prácticamente ilimitada, seleccionar adquiere cada vez más valor.

Cuando publicar es técnicamente sencillo, decidir qué merece ser publicado se convierte en una responsabilidad. Cuando millones de textos compiten por nuestra atención, una editorial ya no puede justificar su existencia únicamente porque posee los medios técnicos para fabricar libros. Debe desempeñar otra función.

Debe convertirse, con mayor claridad todavía, en una institución de selección, mediación y preservación.

Editar seguirá significando seleccionar con criterio. Significará verificar, contextualizar, corregir, organizar y acompañar. Significará trabajar con los autores para transformar un manuscrito en una obra intelectualmente responsable. Significará garantizar que determinados textos que una comunidad considera valiosos encuentren una forma estable que les permita circular y, cuando lo merezcan, permanecer.

No interpreto la inteligencia artificial como el final de la edición. Por el contrario, creo que nos obligará a recordar cuál es su función esencial.

Una editorial del siglo XXI deberá utilizar las tecnologías de su tiempo sin someter a ellas su criterio. Tendrá que conocerlas profundamente, experimentar con ellas y aprovecharlas, pero también establecer límites cuando su utilización contradiga sus principios.

La innovación sin criterio produce novedad.

La innovación orientada por una finalidad humana puede producir progreso.

Esta distinción será cada vez más importante.

Una consecuencia llamada Anabasis

Es aquí, y sólo aquí, donde para mí cobra sentido hablar de Anabasis Project.

No quisiera colocar a la empresa en el centro de estas reflexiones. Sería invertir el orden de las cosas.

Anabasis Project no es el origen de esta filosofía. Aspiro a que sea una de sus consecuencias.

Nació de una convicción que se ha fortalecido con los años: todavía necesitamos instituciones capaces de tender puentes entre investigación y lectura, entre universidad y sociedad, entre pasado y presente, entre lenguas y culturas.

De ahí también su vocación por la historia.

No concibo la historia como el depósito de un pasado inmóvil. Estudiar históricamente significa descubrir que nuestras instituciones, identidades, fronteras, valores e incluso aquello que consideramos evidente son resultado de procesos humanos. Significa restituirles su contingencia.

Y comprender que algo fue construido por seres humanos significa comprender también que puede ser conservado, reformado o destruido por seres humanos.

Por eso el pensamiento histórico posee para mí una relación tan íntima con la libertad. Pienso inevitablemente, en este punto, en Benedetto Croce. La historia nos libera de la tiranía del presente: nos recuerda que el mundo no siempre fue como es y que, por consiguiente, tampoco existe garantía alguna de que seguirá siendo así.

Esta es también la razón del nombre Anabasis.

Me interesa desde hace mucho tiempo aquella antigua palabra griega que evoca el ascenso, la marcha hacia el interior, el desplazamiento. Conocer implica también alguna forma de viaje: abandonar por un momento la seguridad del lugar desde el que miramos para internarnos en territorios que todavía no comprendemos.

Un libro puede realizar precisamente ese movimiento.

Puede trasladarnos hacia otra época, otra cultura, otra conciencia. Puede llevarnos al siglo XVI o a un futuro imaginado; a una ciudad desaparecida o al pensamiento de alguien que jamás conoceremos. Y cuando regresamos de ese viaje, si el libro ha cumplido verdaderamente su misión, tampoco nosotros somos exactamente los mismos.

Eso es lo que quisiera que construyéramos.

No simplemente un catálogo.

Un proyecto intelectual y cultural.

Una institución.

Fundar es comprometerse con quienes no conocemos

La firma del acta constitutiva de Anabasis Project Mexico que hoy realizamos tiene consecuencias jurídicas inmediatas. Pero esas no son las que más me interesan al escribir estas palabras.

Pienso en una escala temporal diferente.

Dentro de veinte o treinta años, muchas de las tecnologías que hoy nos maravillan probablemente resultarán rudimentarias. Algunas empresas que ahora parecen invencibles habrán desaparecido. Surgirán profesiones que todavía no podemos nombrar. Nuestros instrumentos de lectura cambiarán. Cambiarán también los mecanismos mediante los cuales producimos y distribuimos conocimiento.

No sabemos cuál será el mundo de 2056.

Precisamente por eso debemos distinguir entre instrumentos y principios.

Los instrumentos deben cambiar cuanto sea necesario.

Los principios, en cambio, deben orientarnos en medio de esos cambios.

Quisiera que Anabasis Project supiera transformarse tecnológicamente sin perder su vocación intelectual; que pudiera incorporar inteligencia artificial sin renunciar al juicio humano; que creciera comercialmente sin confundir valor con precio; que dialogara con el mercado sin permitir que el mercado determinara por completo aquello que merece existir; que desarrollara una estructura empresarial sólida porque comprende que la independencia intelectual también necesita sustentabilidad económica.

Y quisiera, sobre todo, que pudiera sobrevivirnos.

Una institución alcanza su madurez cuando deja de depender enteramente de las personas que la fundaron. Si dentro de muchos años Anabasis Project continúa publicando buenos libros, preservando investigaciones valiosas, descubriendo autores, conectando culturas y defendiendo la inteligencia crítica, quizá entonces podamos decir que aquello que firmamos hoy llegó realmente a convertirse en una institución.

No tengo ninguna garantía de que sucederá.

Tengo algo más modesto y, quizás, más importante: la posibilidad de trabajar para que suceda.

Ese es el compromiso que asumo este 7 de agosto de 2026.

Me comprometo con el rigor frente a la facilidad.

Con la investigación frente a la ocurrencia.

Con la preservación de la memoria frente a la amnesia.

Con la historia como forma de comprensión de la experiencia humana.

Con la cultura como conversación entre generaciones.

Con la innovación cuando amplíe nuestras capacidades y con la prudencia cuando el poder de nuestros instrumentos exceda nuestra comprensión de sus consecuencias.

Con la libertad intelectual y con la libertad responsable: aquella que reconoce que ser libre no significa carecer de obligaciones, sino asumir conscientemente las consecuencias de nuestros actos y reconocer en los demás la misma dignidad que reclamamos para nosotros.

Me comprometo, finalmente, con la lenta construcción de una institución que aspire a perdurar.

Tal vez ese sea el sentido más profundo de fundar.

Saber que somos pasajeros y, sin embargo, construir.

Saber que nuestro conocimiento es imperfecto y, sin embargo, investigar.

Saber que podemos equivocarnos y, precisamente por ello, defender la libertad de preguntar, contrastar y corregir.

Saber que no veremos todas las consecuencias de aquello que hoy comenzamos y, aun así, aceptar la responsabilidad de comenzar bien.

Por eso termino donde empecé.

Con gratitud.

Hoy nace jurídicamente Anabasis Project Mexico. Lo demás —su carácter, su prestigio, su valor y, sobre todo, su permanencia— no puede firmarse ante notario.

Aristarco Regalado
Guadalajara, 7 de agosto de 2026


¿Te ha gustado? Comparte en tus redes